Cuando los cascos azules llegaron a Haití en 2004 para ayudar a pacificar uno de los países más pobres del mundo, la esperanza era enorme. Cuando se fueron, en octubre de 2017, la decepción de muchos estaba justificada: hay al menos 265 ‘bebés cascos azules’, niños concebidos entre soldados y mujeres haitianas. Muchos de esos embarazos fueron consecuencia de violaciones, y en su casi totalidad, los niños fueron abandonados por sus padres una vez que regresaron a sus países.

‘Ponían unas monedas en tus manos y te metían un bebé’, es el nombre del estudio dirigido por Sabina Lee, del Departamento de Historia de la Universidad de Birmingham, y Susan Bartels, del Departamento de Medicina de la Universidad de Queen, en Canadá. El estudio pone el foco en la violencia sexual ejercida por cascos azules desplegados en Haití, que vinieron a calmar la anarquía generada tras la renuncia del presidente Jean-Bertrand Aristide. La fuerza estuvo liderada por el ejército de Brasil, con 2.366 soldados y 2.533 policías, además de mil empleados civiles de 19 países distribuidos en diez bases en distintas zonas del pequeño país caribeño. Soldados de Chile, Uruguay, Argentina y Brasil, además de otros países, fueron acusados de haber sometido a mujeres haitianas y abandonado a los hijos engendrados.

“Me parece una vergüenza para Naciones Unidas y es una necesidad de investigar hasta el final, porque la primera preocupación es tener solidaridad con las víctimas”, dijo recientemente al diario chileno ‘La Tercera’ Juan Gabriel Valdés, ex canciller de su país y jefe de la misión de las Naciones Unidas para Haití (Minustah) entre 2004 y 2007. “En segundo lugar, creo que es necesario mirar esto bien, por cuanto hay una cantidad de personas que cumplieron una tarea de mucho arrojo, de mucha decencia en lo que fue el intento de ayudar al pueblo haitiano”.

Según un estudio realizado por las profesoras británicas Sabine Lee y Susan Bartels, de la Universidad de Birmingham, en el 28,3% de las 265 historias de embarazos producidas por cascos azules hubo personal uruguayo identificado y en el 21,9 % personal brasilero

Pero más allá de la reivindicación de Valdés por el trabajo bien hecho por muchos -la enorme mayoría-, los datos revelados en el informe de Lee y Bartels son escalofriantes. Se mencionan casos de niñas de apenas 11 años abusadas por los militares enviados por la ONU, en algunos casos a cambio de monedas o de un plato de comida. Las denuncias, según medios chilenos, “involucran directamente a soldados de distintos países, pero los más mencionados por las víctimas son efectivos de Uruguay, Brasil, Chile y Argentina, en ese mismo orden”. Hay también denuncias contra soldados de Pakistán, Sri Lanka y Canadá, entre otros países.

Según recordó recientemente Infobae, “en 2011, cuatro marinos uruguayos fueron acusados de violar a un muchacho haitiano de 19 años en Port Salut. El asalto fue grabado con un teléfono móvil por los mismos efectivos y se filtró a Internet. El adolescente y su familia se tuvieron que ir de la ciudad después de que el vídeo se volviera viral. En noviembre de 2007, 114 miembros del contingente de Sri Lanka fueron acusados de conducta sexual inapropiada y abuso de al menos nueve niños. Los apartaron de la fuerza, pero no recibieron sentencia”.

Tras investigar las denuncias, la Oficina de Servicios de Supervisión Interna de la ONU (OIOS) concluyó en que “los actos de explotación y abuso sexual (contra niños) eran frecuentes y ocurrían generalmente de noche, y en prácticamente todos los lugares donde se desplegó el personal contingente”. En marzo de 2012, tres oficiales paquistaníes fueron declarados culpables de violar a un niño de 14 años con problemas mentales en Gonaïves.

“Vi a varias niñas de 12 y 13 años allí. Los soldados de Minustah las embarazaban y las abandonaban. Estas chicas han tenido desde entonces vidas miserables”, dice en el estudio una mujer entrevistada en Cité Soleil. Un hombre de la misma ciudad añadió: “Siempre escuchaba a las mujeres que se quejaban de la violencia sexual que ejercía la Minustah contra ellas. Y a través de los abusos las contagiaron de sida. Y varias de ellas quedaron embarazadas”.

En casos contados se describe que el soldado entregaba dinero a la madre de su hijo, pero todo se acababa cuando el uniformado regresaba a su país.

Una de las historias que se destacan en el estudio es la de Marie (nombre supuesto), una niña de 14 años que estudiaba en una escuela cristiana cuando conoció a Miguel, un soldado brasileño. Tenían relaciones sexuales en la playa, a veces en un hotel. Marie quedó embarazada, Miguel le aseguró que se ocuparía de sostener económicamente al hijo por venir, pero al poco tiempo regresó a su país y no volvió a saberse de él. Nunca contestó los mensajes que Marie le escribió en facebook.

La tragedia no terminó ahí: el padre de Marie la obligó a abandonar la casa al enterarse de que estaba embarazada. Se fue a vivir con su hermana, su hijo tiene ya cuatro años y no recibe apoyo ni del Ejército brasileño, ni de la ONU ni del Estado haitiano. Trabaja limpiando una tienda en la que cobra 26 centavos de dólar la hora.

“Era muy difícil para la misión controlar el comportamiento de los soldados”, profundizó en la entrevista con ‘La Tercera’ Valdés, ex canciller del democristiano Eduardo Frei. El ex jefe de la Minustah admitió que ve muy difícil que los militares involucrados sean sancionados.

“Es difícil. Tendría que haber una investigación en cada país con los soldados que fueron acusados. Recuperar la información no es fácil. Hay países que se van a negar a entregar exámenes necesario para comprobar la paternidad sobre los hijos. Pero yo creo que el ejército de Chile debe investigar, porque informes de oficiales a sus superiores existen (…). Lo que sí es importante decir es que las Naciones Unidas tenían un principio de tolerancia cero en esta materia. Estaba absolutamente fuera de cuestión, de sexo por dinero, y estaba seriamente desaconsejado la relación de cualquier naturaleza con mujeres locales, esa es la instrucción de Naciones Unidas”.

 

Desde Argentina por SEBASTIÁN FEST para www.elmundo.es

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