Historias verdaderas de la colonia suiza. “Por solo cuarenta pesos”, la tragedia de los Egger

Narrativa de un hecho que conmovió a la Colonia Agrícola Suiza Nueva Helvecia en el lejano 1891. Quizá si hubiese sucedido en nuestros tiempos ocuparía las primeras planas de la prensa del mundo y en las redes sociales. Al leer este cuento encontrará historia pura y cruda. Es muy duro inclusive para nosotros que simplemente somos narradores pero, así sucedió, y lo corrobora documentación familiar a la que tuvimos acceso. Por Miguel Cabrera, con la colaboración de Ronald Manzolido.

Sucedió sobre la divisa de lo que era la Colonia Suiza y la Colonia Valdense, donde en 1759 existió una capilla y pocos años más tarde la presencia de un destacamento español denominado Guardia del Rosario.
Muy cerca de allí se encontraba el casco de la llamada Estancia Real, donde ya en los primeros años del 1800 marcaron presencia José Artigas, Eusebio Valdenegro y Ventura Colmán, nombres reconocidos por todos los orientales. En campos propiedad de Pedro Cueli.
Luego casi de un siglo, con la llegada de los inmigrantes europeos de 1861 fundadores de Nueva Helvecia, es cuando comienza esta historia.

DESDE EL TIROL
Un frío y nublado día del Junio de 1862 llegó a estas tierras un colono más desde el Tirol, su nombre: Mauritz Egger. Luego de realizar los trámites en la vieja Administración con sus papeles en mano, una vieja valija de cuero, unas bolsas con ropa y alguna herramienta en un cajón de madera, agregado a unos alimentos que pudo comprar con las menguadas monedas que poseía en la pulpería de la misma Administración, se dirige en una carreta, también alquilada a Siegrist y Fender, hasta el campo que le fue asignado. Veinte cuadras con el número 60 en el límite que dividía la Colonia Suiza de la Colonia Valdense por el viejo Camino Real.

Inmediatamente llegado al lugar de sus sueños futuros y tras despedirse del carrero de la Administración, se sienta sobre el cajón de madera, cruza sus manos sobre la sien y piensa vaya a saber en qué. Luego de un tiempo pronunciado vuelve a la realidad y con gran entusiasmo comienza con la trabajosa operativa desde la nada: formar su granja. Primero limpiar la vegetación, armar su ranchito de adobe y techo de paja, un espacio para dormir, otro para cocina, un tercer lugar para el modesto baño. Todo separado como se hacía por entonces, pues en caso de desatarse un incendio solo se afectaría un espacio y no toda la construcción.
Piensa en criar animales lecheros y la futura elaboración de algún queso aunque no sea muy grande, en hacer una quinta. El tiempo pasa, pasa, y ya se fue sin darse cuenta un año desde su llegada. Es 1863, también por Junio aparece en unas chacras vecinas de 40 cuadras otra familia de inmigrantes. A ellos le habían asignado las números 23, 56 y 57, son Christian Binggeli con su señora y sus cinco hijos, se ubican entre el viejo Camino Real y el camino Paso de Tranqueras. Dentro del nuevo contingente se destaca una hermosa hija de nombre Anna que ya casi tiene 15, con quien Mauritz quedó impactado.

EGGER-BINGGELI
Tiempo después de cruzar sus miradas por primera vez, los jóvenes comienzan un noviazgo que culmina con la formación de una nueva familia: “Egger-Binggeli”. Anna y Mauritz se van a vivir al ranchito y granja del casamentero que por esos tiempos ya estaba funcionando a plena producción.
Por ese tiempo también aparece en el establecimiento un hermano del dueño de casa, de quien vamos a obviar su nombre, simplemente lo incorporaremos a esta historia como el hermano de Mauritz. De a poco las alegrías de la llegada de los hijos de Anna y Mauritz van conformando una familia ideal, con el sacrificio que significaba por entonces criar niños en tiempo en que faltaba de todo y sobraba muy poco. Preocupaciones sí abundaban, por enfermedades, porque la siembra no progresa y por lo poco que vamos a cosechar este año. La pequeña cantidad de animales con la que contaba la granja se enfermaban, las langostas asolaban los campos, la lluvia no viene y estamos desesperados, para peor arrasan el sembradío animales salvajes hambrientos.

“TÍO, Y ESO PARA QUÉ ES?”


Pero pasó el tiempo y nos encontramos en 1891, ya son casi tres décadas radicados en Nueva Helvecia y la hermosa familia cuenta con 3 niñas y 2 niños. Era ya por el 21 o 22 de Septiembre en la tarde, al umbral de la humilde cocina del rancho estaba sentado el hermano de Mauritz afilando una cuchilla, a su lado los sobrinos curiosos como todo niño lo observaban, el más inquieto no aguantó más y le preguntó: “Tío, ¿y eso para qué es?” a lo que éste le contestó fastidiado: “para matarlos a todos ustedes” y todo quedó así. Como si la respuesta hubiese sido: “¿qué te importa?”, como una simple anécdota.
Pasaron las horas de ese día, que antes parecían pasar más lento, Mauritz ni se enteró del hecho y afanosamente le daba a su hacha rajando leña para transformarla en las astillas para el fuego. Anna iba y volvía desde la cocina hasta el horno de barro preparando los panes blancos que salían desde allí ya hermosos, marroncitos, con un aroma que se captaba desde lejos. Los niños, unos jugando y otros tratando de aprender junto a un viejo libro que contaban como humilde biblioteca.
Pero los animales habían estado inquietos toda esa tarde, como si advirtiesen algo raro en el ambiente, tal vez una cercana tormenta. Oscurece, se enciende un candil en la habitación que se utilizaba como cocina, aunque no es mucha la diferencia en la claridad generada. La cocina a leña enloquecida generando calor, cargada con madera seca, calentando en sus hornallas la leche recién ordeñada de la normanda suiza que ahora pastaba tranquila. El Hündchen, el perrito de la familia, como buena mascota esperando su recompensa al límite de la puerta principal. La sartén con la polenta frita ya con cascarita continuaba su cocción tomando color y un aroma que incitaba a saborear.

DE LOCURA Y DE MUERTE
En este marco hogareño la familia cristiana reunida junto a la humilde mesa se aprestaba a realizar su ritual de agradecimiento al Creador por los alimentos que a continuación tomarían y comerían, leyendo previamente un pasaje de la Biblia, uno al azar. El clásico café con leche sin azúcar para los más grandes, con esa riquísima polenta frita, alguna rodaja de chorizo seco con trozos de pan casero que Anna había elaborado en el horno de barro, que orgulloso se mostraba por la tarea realizada desde el patio, rodeado de pasto que había crecido últimamente y sería sin dudas un trabajo para los próximos días.
Para el más chiquito el clásico biberón. De pronto y sin siquiera haberlo notado, como un verdadero animal salvaje irrumpe en la cocina el tío Egger, sus ojos enrojecidos, exaltados, desprendiendo odio, soltando desde su boca las palabras más repugnantes que podamos imaginar. En su mano una reluciente cuchilla que con el reflejo de la luz del candil parecía desprender chispas.
Así nomás, sin mediar palabra, se abalanzó hacia el descuidado Mauritz y comenzó a apuñalarlo por todo el cuerpo; cuando él iba cayendo y perdiendo sus fuerzas continuó con la asustada Anna, que en su desesperación de madre solo atinaba a gritar a sus niños “huyan, huyan, ¡corran!”. Lo hacía cada vez con menos fuerzas en su voz.
Los niños, aterrorizados por la escena que veían, pero cumpliendo con el mandato de su mamá, salen despavoridos, corren y corren y a duras penas logran esconderse en un cerco de membrillos que había por entonces al borde del camino. El más pequeño lloraba desconsolado, entonces a la hermanita mayor le brotó la idea, con una camisetita que traía puesta tapó la boca de su hermanito, para que cuando apareciera su tío no los pudiese ubicar.
Ese tío asesino, enloquecido por su rabia incontrolada salió del rancho luego de haber ultimado a su propio hermano y cuñada, para también intentar hacer lo mismo con sus cinco sobrinos. Estuvo merodeando a pocos metros de los niños, enloquecido, gritando, maldiciendo a diestra y siniestra pero, sea gracias al guardián protector que defiende a cada niño, la providencia, la casualidad o la causalidad, no los pudo ubicar.
El espectáculo en la noche era atroz, el perrito de Mauritz aullaba, las gallinas revoloteaban asustadas, hasta el viejo caballo estaba inquieto en el humilde galpón relinchando, porque todos esos animales percibían algo fuera de la tranquilidad de aquella granja. El matador enfiló sus pasos hacia el lugar donde el vecino David Berger, en la chacra número 31, tenía una pulpería, sobre el camino a la Tranquera que por aquellos años era punto de reunión de carreros, la diligencia y hasta hospedaje en tiempo de invierno cuando la lluvia durante varios días impedía el paso. Lugar donde se realizaban bailes con mozas y mozos de la Colonia Suiza. Para llegar hasta la misma debió pasar previamente delante del establecimiento Binggeli, donde vivían los padres de Anna y abuelos de los niños. Por suerte siguió su camino y la tragedia no fue mayor.

¡LOS NIÑOS, LOS NIÑOS!
Ya en esa pulpería, que funcionaba hasta tarde en la noche, quedaban solamente uno o dos parroquianos, entonces más calmo, reaccionando de a poco, le confesó a Don David, el dueño del establecimiento, la aberración que acababa de efectuar. El pulpero muy hábil luego de escucharlo y tratando de suavizar la escena, lo invitó con varios tragos fuertes, y hablándole logra en un descuido ir hacia la cocina del establecimiento. Allí armó a su hijo David Guillermo Berger y lo mandó hasta la residencia de la familia Binggeli a advertirles y proteger a los niños. Estos por suerte ya se encontraban allí, habían cruzado los campos en plena noche logrando llegar a casa de sus abuelos Binggeli. Con el miedo que traían consigo se habían escondido en primer momento detrás de un vertedero de animales que tiempo después fue acondicionado para baño. La niña mayor, Rosa, se animó luego de varios minutos y llamó a su abuela para que los dejara entrar.
De inmediato toda la familia Binggeli protegió a los niños. Mientras tanto a poca distancia de allí el pulpero Berger logró convencer al matador para que se presentara ante la policía y confesara su repudiable crimen.
Por aquel entonces la Colonia Agrícola Suiza Nueva Helvecia aun no contaba con una comisaria permanente, así que el matador para entregarse tuvo que pasar nuevamente a pocos metros de la casa de los abuelos Binggeli y también del lugar de los hechos para llegar a la comisaría de La Paz Colonia Piamontesa.
Cuando el sol nuevamente entregó luz a la comarca, la noticia comenzó a difundirse por hogares de los vecinos e inmediatamente el desfile de los curiosos por el rancho de los Egger Binggeli fue interminable. Todos coincidieron en comentar posteriormente lo horrible de la escena, el sufrimiento que padecieron esos dos padres debe haber sido espantoso, la agonía, la sangre manchaba todos los rincones del humilde lugar, los pedazos de ropa destrozada, mechones de cabellos, piel humana, ya no era un hogar sino una verdadera carnicería de campaña. Pasaron las horas, los días, la actuación policial y judicial con muy pocos elementos técnicos. Se fue acomodando la desagradable experiencia traumática del barrio, un integrante de la familia Binggeli de nombre Juan protegió en calidad de tutor a partir de allí a esos apenados y angustiados niños, todavía con el trauma vivido encima.
De alguno de ellos se hizo cargo su abuela, de otros la señora Elizabeth Binggeli de Schneiter que vivía por entonces al lado de la Escuela Número 10 en el pueblo de Colonia Suiza, donde luego estuvo funcionando el almacén de Fridolin Wirth, casi frente a la actual sede del Club Artesano. Mientras tanto en Austria donde vivían los familiares de Mauritz se realizaban los trámites para que los niños volvieran a la protección y crianza de la familia paterna. El asesino culminó sus días en la cárcel de Punta Carretas. El campo donde estaba ubicado el rancho de los Egger Binggeli, posteriormente fue comprado por el señor Godofredo Schneiter, que le realizó modificaciones.

POR SOLO 40 PESOS
Pero preguntémonos ahora: ¿por qué?, ¿Cuál fue el móvil del crimen?
Días antes el asesino fue caminando desde la Colonia Agrícola Suiza Nueva Helvecia hasta la ciudad de San José de Mayo, donde compró la cuchilla que a posteriori se convirtió en el arma homicida. En ese camino fue visitando a distintas familias de inmigrantes, principalmente que tenían residencia por la zona de Ecilda Paullier donde comentó con alguno de ellos el enojo que tenía por un dinero que no podía cobrar. Cuentan que Mauritz tenía un impedimento físico que le hacía menguar sus ingresos, dado que no podía cumplir con algunas actividades agrícolas. Esto hizo que se fuera endeudando con un prestamista, este prestamista resultó ser su hermano, y la cifra de la deuda: 40 pesos.
Tiempo después, los niños más repuestos emocionalmente fueron embarcados en el carro de Samuel Spori que los llevaría hasta San José de Mayo. Un momento antes concurrieron al Cementerio Evangélico para visitar la tumba 644, sobre el costado derecho del ingreso, y despedir, posiblemente para siempre, a sus padres Mauritz y Anna. Luego continuarían su viaje hacia Montevideo, para completar el camino de reencuentro con sus familiares paternos en Austria, ya por el año 1892.

Publicado en la versión impresa de HELVECIA, del 13 de marzo de 2020.

1 Comment on "Historias verdaderas de la colonia suiza. “Por solo cuarenta pesos”, la tragedia de los Egger"

  1. Julia Amalia Berger Binggeli | 26 marzo, 2020 at 12:53 am | Responder

    B.Noches: Hace 2 noches leí de casualidad esta noticia en FACEBOOK y quedé Impactada Emocionalmente. Nunca lo había escuchado en mi Flia. Yo vengo a ser nieta por linea paterna de David Guillermo Berger, y bisnieta por linea materna de Christian Binggeli. Una familiar directa mía,(averigüé ahora), tenía en su poder una carta que mi madre había escrito c/esa historia, y NUNCA lo dijo(esa familiar), y que supuestamente en algún momento mi madre se entrevistó con el autor del relato,( que por supuesto lo hizo mejor y tal vez c/mas datos).Yo pasé años de mi infancia y juventud, en esa casa de Christian Binggeli, (viviendo mi abuelo Federíco y mi abuela, que si los conocí,..pero que posiblemente ya la habían Mejorado).Luego siguió un tío mio, Binggeli,(no voy dar su nombre);..pero si sabía lo de la taberna de Berger. ¡¡..Tengo casi 70 años y no puedo CREER que no me lo hayan contado..!!. Vivo E. Paullier, pero de ningún modo quiero entrevistas; los datos y fechas que averigüé, ya se los di al que publicó la Historia. Antes compraba La Helvecia, a través de una hija; si no logro imprimir este artículo, le voy a pedir a ella me consiga un ejemplar de esa publicación. Otro dato que me confundió,( pero busqué en mis notas), fue el nombre de David G. Berger, pero resulta que por tradición ,(hasta el día de hoy), todos los Berger eran “David”. Yo por mi parte, rompí esa tradición, y por línea materna también,(abundan los mismos nombres). ¡¡..Qué importante y casualidad, fue encontrar esa publicación..!!. Los felicito,..el mundo es chico y donde uno menos piensa, se encuentra con algo como ésto. ¡¡¡…Gracias,..Gracias…!!. Sigan adelante.

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