El 12 de octubre se recuerda en nuestro país un nuevo aniversario de la Batalla de Sarandí del año 1825.
Nos planteamos a veces si corresponde conmemorar batallas; si es un buen ejemplo para nuestros niños y jóvenes; si la resolución de los problemas por las armas debe ser motivo de celebración.
Hablar de batallas es hablar de actos heroicos, pero también de muerte, de dolor, de jóvenes sacrificados; y también, de las mayores miserias humanas.
Es importante, entonces, al recordar ésta o cualquier batalla, analizar el contexto. Eran tiempos históricos diferentes, en los que la tremenda injusticia de los hechos; la acción invasiva de grandes potencias; y la imposibilidad de otras vías; hicieron imprescindible la acción armada.
Este enfrentamiento bélico se encuadra dentro de la Cruzada Libertadora iniciada el 19 de abril de ese mismo año con el Desembarco de los Treinta y Tres Orientales.
Las tropas patriotas estaban integradas por tres cuerpos: uno comandado por el Gral. Fructuoso Rivera, que venía de una victoria ante el ejército brasileño en Rincón; otro que iba por el centro, al mando de Manuel Oribe; la restante ala al mando de Pablo Zufriategui, uno de los compañeros de Juan Antonio Lavalleja en el desembarco de la playa de la Agraciada.
El choque ocurrió en las puntas de uno de los varios Arroyo Sarandí de nuestros campos, en este caso, un afluente del río Yi, en una zona de lo que hoy es el Departamento de Florida.
Fue un hecho que tuvo importantes consecuencias, no solo para el ánimo de las modestas y mal armadas fuerzas orientales, sino para darle argumentos a quienes en Buenos Aires promovían un enfrentamiento con las fuerzas brasileñas. Fue además un elemento que permitió la reincorporación de la Provincia Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata, tal como había sido votada en la sala de representantes reunida en Florida, el 25 de agosto de 1825.
El nuevo clima creado a partir de esta batalla, fue uno de los elementos que promovió que el Imperio de Brasil declarará la guerra a las Provincias Unidas, conflicto decisivo en nuestra historia, porque culminaría con la firma de la Convención Preliminar de Paz. Este acuerdo, signado por las naciones beligerantes el 4 de octubre de 1828, debería considerarse como nuestra verdadera fecha de Independencia.
No podemos finalizar la breve reseña sobre la Batalla de Sarandí, sin mencionar la famosa orden de Juan Antonio Lavalleja: “Carabina a la espalda y sable en mano”, que más allá de su simbología de valor y entrega, fue una acción militar que se adecuaba a las circunstancias.
Para finalizar con esta fecha, dos palabras sobre lo que durante toda nuestra infancia y adolescencia motivó el feriado nacional del 12 de octubre: el Día de la Raza. ¿De qué raza? ¿De una raza invasora que casi exterminó a los verdaderos dueños de esta parte del planeta?
Se nos enseñaba que debíamos festejar “el Descubrimiento de América”. ¿Descubrimiento?
Un experimento mental filosófico nos plantea qué pasa cuando un árbol cae en lo profundo del bosque. Si nadie está allí para escucharlo, ¿existe el estrépito de la caída? ¿No es un hecho que el árbol haya caído porque nadie lo vio?
Esa parece ser el razonamiento de quienes hablan de “descubrimiento”: los millones de seres humanos que habitaban nuestra América, “no existieron” hasta que llegaron los invasores. Es sencillamente ridículo.
Por eso, más que de descubrimiento, deberíamos hablar de encuentro de dos mundos.
Que ese encuentro sea motivo de festejo, es algo que cada uno deberá decidir.
Muchas gracias.

Raddy Leizagoyen

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