(http://damiselasenapuros.blogspot.com/)

Licenciada en Letras, psicoanalista, docente y escritora especializada en análisis Transgeneracional, Biodecodificación, Arteterapia y Psiconeuroinmunoendocrinología, Diana Paris acude a sus fuentes en Lecturas que curan y parte de su experiencia de más de treinta años como especialista en Letras y Psicoanálisis “con el afán de compartir con ejemplos de la clínica el alcance del efecto saludable y resiliente que produce el arte en general y la literatura específicamente”. Hasta el punto de que habla de LiteratCura y Botiquín literario como métodos para conseguir su objetivo de cambiar la farmacia por la biblioteca en la vida de los pacientes.

En la primera parte del libro contextualiza e introduce las técnicas que tomaránenvergadura en las páginas siguientes a través de los casos de más de una veintena de pacientes, seleccionados entre los que acudieron a su consulta a lo largo de varias décadas.

Autores como Edgar Morin -mentor y faro en su práctica clínica- o Norman Holland -a quien dedicó una monografía titulada Norman Holland y la articulación literatura/psicoanálisis– aparecen junto a Freud o Julia Kristeva para trazar el largo camino y los avances de esta corriente terapéutica.

En el libro cuenta detalladamente las bases teóricas de esta corriente terapéutica que denomina LiteratCura, pero, ¿podría describirnos el momento concreto en que dio el salto cuantitativo en el transcurso de su experiencia clínica?

– Años de experiencias me permitieron la libertad de ver en cada paciente una historia única. Eso me habilitó a ofrecer diferentes ópticas de tratamiento y anclaje de los recursos salutogénicos. Unos siguen siendo parte de mi batería de herramientas terapéuticas, otros los he desechado. Desde siempre el maridaje psicoanálisis/literatura me funciona como el más eficaz. Seguramente hay otros modos de integrar. El diálogo entre mis dos pasiones y la práctica me orientan a hacer una terapia artística. Y el libro ofrece un repertorio posible de comprender cómo funciona el efecto lector para sanar intemperie emocional, inseguridad profesional o incertidumbre existencial, por dar unos ejemplos.

Nuestras lecturas hablan de nosotros. Digamos que podrían definirse como una suerte de auto-medicación, pero al igual que el médico debe corregir a veces lo que tomamos, ¿se ve en la necesidad de modificar las recetas de sus pacientes y explorar como terapeuta su propio Botiquín literario?

– Por supuesto que sí. La primera máxima es “No hacer daño”. La segunda: “Respetar a cada sujeto según sus necesidades, sin imponerle nada”. Tanto que hay veces que no “aplico” recetas literarias, no todos los consultantes encuentran en un cuento o un poema la vía regia del despertar. Indago sus gustos, su trayectoria lectora. No impongo mi biblioteca, sino la lectura más adecuada al conflicto que atraviesa. 

¿Un buen lector es un buen paciente, o no tiene mucho que ver una condición con la otra?

– Se dice que cada analista recibe los pacientes que necesita atender; por lo tanto, todos son buenos pacientes. El tratamiento con los protocolos de lectura que les “receto” respeta, acepta, acompaña su deseo. Intenta alcanzar la transformación que le permita soltar la carga y el estrés. Considero la terapia como un viaje donde siempre algo se pierde para ganar otra estatura interior. O con Claudio Magris: “Toda Eneida, incluso la más breve, nos dice que la construcción de un reino presupone un exilio”.

En el libro cita y estudia una treintena de textos, pero imagino que habrá utilizado muchos más a lo largo de su carrera.

– Claro, muchos más. Tanto que algunos ya no los recordaría si no fuera por mis “bitácoras” o cuadernos de notas que alimento al finalizar cada sesión. A veces, releyendo esos apuntes reaparece un título perdido entre otros, olvidado, caído del estante de la biblioteca real o que reclama nueva lectura como biblioteca interna. Me pasó recientemente con una novela coral de Marcela Serrano, Diez mujeres (Alfaguara, 2011), que apela al valor sanador de auto-narrarse. Durante años elegí el capítulo de una u otra de las nueve mujeres que se cuentan sus vidas, según me orientara el caso de cada paciente. Y luego, por años, dejé descansar esos relatos. Volvió a mi memoria lectora cuando una paciente trajo a la primera consulta un conflicto que me hizo sentir: “pero esta historia yo la conozco”, y puse en marcha el archivo literario. Ahí reaparecía la voz de Simona, el personaje que en plena crisis al cumplir 60 años -divorcio, feminismo, dejar de teñirse las canas, despojarse de mochilas que por años convivían en su cuerpo como demandas de orden, contrato y expectativas sociales, familiares- pedía revisar las páginas de Serrano. Yo misma era otra en la relectura de ese capítulo, con mi paciente, ahora con diez años más. Y en el otro extremo, están los “remedios” de base, cápsulas metafóricas de efecto inmediato, textos de fórmula magistral alquímica, esos que no fallan: para apropiarse de la libertad y la identidad, “El cautivo”; para entender el concepto laxo de frontera, “Los dos reyes y los dos laberintos” (Borges); para discernir ficción-realidad, “Continuidad de los parques “ (Cortázar);  para amantes secuestrados por el control enfermizo de los celos, “Amada en el amado” (Silvina Ocampo). Pero cada uno podría re-utilizarse para otros debates del alma. En este momento, la relectura de Marisa Madieri me resulta muy inspiracional: Verde agua, donde narra el éxodo familiar, la memoria, y El claro del bosqueuna exquisita fábula floral, microcosmos metafórico del mundo natural que nos invita a regresar al poder sanador de re-ligarnos con Madre Naturaleza, me ha permitido dar a mis pacientes transformadores protocolos de “literapia” para sus dolores y sufrimientos de exilio, encierro, desnaturalización de las emociones.

¿Es Kafka uno de sus autores recurrentes? ¿Qué tiene él que no tengan otros?

Quienes nos especializamos en el estudio del transgeneracional sabemos que cada persona tiene más de un árbol genealógico. Al familiar, se le suman los árboles construidos. Franz Kafka -como un hermano elegido- encabeza la lista de nombres y personajes de mi clan armado. Me acompaña desde las primeras lecturas adolescentes. Sus cuentos me revelaron lo que siempre intuí / lo que siempre supe; sus novelas me siguen encandilando, su diario es inspirador para todas las personas que quieran adentrarse en el mundo de la escritura. Y como buena “recomendadora” de textos, ofrezco del menú personal aquello que valoro como más rico.

¿Tiene autores asociados a temas específicos?

– Tengo textos catalogados por temas, conflictos, resoluciones posibles de un mismo problema, pero son “fármacos” flexibles, ya que lo que más cuenta es la historia del paciente, su modo de leer el mundo, las emociones, el horizonte de expectativa, su sistema de creencias. Un cuento de Kafka como “La partida” estaba en mi carpeta para trabajar las conductas de apego tóxico, territorialidad, rutina, y sin embargo el conflicto que me trajo un paciente que estaba bloqueado para asumir desafíos profesionales -para los que se venía preparando- me llevó al cuento cuando dijo: “Para alcanzar mis metas debo dejar el país, irme de esta familia, tomar distancia con un océano mediante”. Le leí la frase kafkiana de ese breve cuento: “No sé dónde voy, pero es fuera de aquí si quiero alcanzar mi meta”. El catálogo que armo tiene la premisa de “amplio espectro”, flexible, dinámico, adaptable. Así me sucedió la semana pasada: la novela El certificado (Isaac Bashevis Singer, 1992; Ediciones B, 2006) forma parte de mi carpeta etiquetada como “la cuestión judía” (reglas, mitos, fe, misión, idioma yiddish, pueblo de fe, Segunda Guerra, etc.), y sin embargo se lo recomendé a una colega psicóloga que no se autoriza, no se permite, no se auto-valida como psicoanalista. El título de Singer da cuenta de cómo nos impacta (o se nos niega) “eso” que necesitamos para saber quién somos, qué certificamos o no valedero para nuestras vidas, para construir la identificación profesional, en este caso. Podría dar muchos otros ejemplos, pero la clave de un texto literario es que me ofrece un abanico de metáforas a la medida de cada consultante, siempre que me deje llevar -intuitivamente- por la voz del otro y no por etiquetas fijas.

Afirma en el libro que leer genera un diccionario propio de emociones. ¿Son conscientes de ello sus pacientes en el transcurso de la terapia? ¿Qué devolución le realizan los pacientes? ¿Les sorprende el uso de la lectura como terapia y la aparición de ese diccionario propio?

– Quien viene a mi consulta sabe de mi orientación freudiana, con enfoque en la resiliencia (Boris Cyrulnik), la logoterapia (Viktor Frankl) y el trabajo con el arte.  Sabe que mi enfoque es multifactorial, que nada es solo orgánico o vincular o cognitivo. Que es todo, que abarca las dimensiones ecológicas y espirituales.  No se sorprenden cuando en medio de la sesión ofrezco una pócima García Lorca o selecciono un cuento-ungüento de Clarice Lispector. Van asimilando en el transcurso de los encuentros -y según aplique en cada caso- la participación de la literatura como mecanismo que permite ensanchar el mapa emocional, salir de la alexitimia y nombrar el re-sentir. Cuando el paciente, además, acepta atravesar la experiencia creadora de la escritura, el lenguaje busca transformar el guion de vida, consigue reescribir la biografía, cambiar la perspectiva desafectivizada por el efecto sanador, terapéutico que articula la letra ficcional, poética, mítica y el autoconocimiento, fin último de todo análisis.

¿Se considera una terapeuta-George Steiner, que modifica lo que escucha-lee con un lápiz en las manos?

– Ya me gustaría decir que sí, si no sonara arrogante, pero debo confesar que me gusta la definición terapeuta-George Steiner: con él sostengo que lo que no se nombra, no existe. Leer un texto o el texto del discurso de un paciente me coloca en escucha atenta, flotante, creadora, y escribo al margen de su voz, mi propia lectura. En ese intercambio socrático se funda el acto terapéutico.

¿Se ha tropezado alguna vez con un paciente que se haya negado a leer?

– No, al contrario, piden más. Ofrezco cuentos, fábulas, leyendas, sonetos como caramelos de disfrute sanador, no como ansiolíticos y drogas que adormecen el sentir, que taponan el síntoma, sino como despertadores de conciencia, y eso siempre se agradece.

Dice en su libro que la literatura es una herramienta para re-interpretar el ego, el sufrimiento, el deseo. ¿Puede ampliarnos esta idea?

– Cuando el dolor arcaico, la exclusión del clan, la repetición de patrones tóxicos, el exilio forzado, la falta de propósito en la vida se instalan en el sujeto, los días transcurren en modo automático, la existencia se torna gris, apagada, desmotivada. Entonces, acudir al despertador de conciencia con unas páginas de Ítalo Calvino, Homero, Sor Juana pone en marcha lo que Norman Holland denominó el proceso del efecto lector. En el reflejo de las vidas ficcionales, las emociones iluminan lo no-dicho, la libertad saboteada y el encuentro con el goce.

Los casos que desglosa están agrupados en lo que llama las cinco dimensiones: biológica, cognitiva, emocional-vincular, ecológica y trascendental. ¿Qué dimensión es la que más abunda en su consulta?

– Todas las dimensiones nos constituyen: somos sujetos holísticos y la conjunción mente-cuerpo-alma se reparten en el trabajo analítico. El paciente puede consultar por un diagnóstico oncológico, una cirugía inminente, por baja autoestima, anorexia o desvitalización existencial.  La logoterapia, la lectura literaria, la dimensión trascendental van acompañando la herida para encontrar el camino de regreso al Yo.

Casi al final del libro (pág. 159), realiza una especie de homenaje a una psicóloga argentina, Amalia Estévez, de quien fue alumna, paciente y después editora de dos de sus libros: Inmortalidad. A la luz de las vidas pasadas y El don. ¿Qué otros autores argentinos le han marcado?

Amalia fue una maestra. La tengo cerca de mi oído intuitivo cuando un caso reclama ajustar la sintonía. Mi formación en Letras ha dejado huellas invalorables de la obra de Roberto Arlt, Alfonsina Storni, Adolfo Bioy Casares. Además, tuve el privilegio de conocer -por mi trabajo de editora- a muchos escritores que valoro especialmente, porque editar sus originales ha sido para mí un gran aprendizaje del proceso creador: Samanta Schweblin, María Rosa Lojo, Ricardo Piglia, Abelardo Castillo, Juan Gelman, Silvia Miguens, Juan José Saer, Osvaldo Bayer, Carlos Balmaceda, Alina Diaconú, sería injusto seguir haciendo nombres, siempre estaría en deuda. Que alcance esta lista provisoria con Jorge Luis Borges en la cima: recuerdo un intercambio precioso hablando con el autor de Ficciones del poder sanador de los gatos. Sucedió en un Congreso de Literatura Argentina desarrollado en Mendoza, poco antes de su muerte. El logo del congreso era, justamente, Beppo, el nombre de su gato en homenaje a Lord Byron. Yo me considero gatófila por convicción terapéutica, él por convicción poética.

La mayoría de los libros que toma como base de sus terapias en este libro son ficciones. ¿Recurre más a la ficción que a la poesía por algún motivo?

– Es verdad, en Lecturas que curan elegí más narrativa que otros géneros, pero recurro a la literatura en todas sus manifestaciones: del micro-relato a la novela, del poema épico al romancero anónimo. Desde Manuel Mujica Láinez y Marco Denevi, a María Elena Walsh y Olga Orozco. A veces una pintura, o el fragmento de una película, o una canción funcionan como artefactos mediadores entre la emoción congelada y la capacidad de re-encuadrar el conflicto hacia lo que llamamos, la esperanza re-aprendida.

Diana Paris. Lecturas que curan. Libros del Nuevo Extremo. Barcelona, 2020.

En Nueva Helvecia y la región el libro se encuentra en Helvecia libroscafé. Calle Treinta y Tres 1125.

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