En mi infancia pululaban en la tele las series y películas del oeste, o el “far west”, como se las anunciaba en las tandas publicitarias.
Los paisajes, escenarios y personajes se repetían casi hasta el hastío. Siempre tenía que haber un pueblo con un “saloon”, con sus típicos contertulios jugando al póker y tomándose una, o unas cuantas, en la barra. Y generalmente siempre salía un vaquero disparado por la puertita chica del frente producto de alguna pelea. Entonces, ahí aparecía la figura clave: “el alguacil”, quien llegaba a poner orden, y cuando se llevaba a alguien preso decía la famosa frase “en nombre de la ley”, como para darle sustento legal a la detención, digamos.
El término “alguacil” era totalmente nuevo para nuestro vocabulario infantil, aunque no era nuevo en la jerga judicial, ya que es un cargo de larga data que existe en diferentes sistemas judiciales, desde por lo menos mediados del siglo XVIII hasta la actualidad.
En nuestro país el alguacil es un cargo del escalafón del Poder Judicial y durante mucho tiempo, desde que estudiaba para abogado y en los primeros años de ejercicio profesional, siempre pensé que era uno de los cargos más ingratos para desempeñar en un juzgado.
El alguacil, viene a ser algo así como el último recurso, o el ejecutor de las decisiones judiciales cuando las partes no cumplen voluntariamente sus obligaciones. Así por ejemplo, tiene que hacer un desalojo o lanzamiento de una vivienda, embargar y secuestrar un bien mueble, o intimar el cumplimiento de una medida judicial al omiso. Es como aquel personaje de las películas del oeste, el que tiene que “echar pa´ delante” para que se cumpla la ley.
Tal vez por esa imagen del tipo rudo que tenía en mi cerebro, pensaba que los alguaciles de nuestro Poder Judicial debían ser personas duras, toscas o incluso un poco brutas; tal vez corpulentas y que hablaran fuerte y firme. Me equivoqué de cabo a rabo. He conocido muchos alguaciles, de ambos sexos, y generalmente son personas sumamente equilibradas y con un tacto muy especial cuando hacen su delicado trabajo judicial.
Y el mejor ejemplo de mi error, o tal vez preconcepto, se llamaba Denis Rodríguez. Petiso, flaquito y hablaba casi susurrando. Como sería la cosa que sus compañeros de juzgado lo apodaron “el chiquito”.


Denis tuvo una extensa y proficua actividad laboral en el Poder Judicial, al que ingresó a principio de los años 70 en el Juzgado Letrado de Rosario, en el viejo edificio que estaba en plena plaza Benito Herosa (hoy UTU). Permaneció en esa función pública hasta el año 2014. Allí hizo de todo, arrancó armando expedientes y recibiendo escritos “en baranda”, seguramente también estuvo “encargado” alguna vez, de hacer el tecito de las cinco en punto, y luego de recorrer otras tareas, se desempeñó, hasta su jubilación, como alguacil de un juzgado letrado que tiene una vasta zona de influencia.
Todo lo aprendió en la sede judicial, mirando, escuchando y trabajando con constancia y prolijidad.
Pero además fue un activo integrante de varias comisiones de su localidad, generalmente sin grandes alharacas ni aspavientos, pero con esa constancia y tranquilidad activa que inspiraba confianza. Era la persona ideal para ocupar una secretaría o una tesorería, dos puestos claves de cualquier comisión o institución que quiera avanzar. Siempre con su perfil bajo, como haciendo juego con su altura, que no despegaba mucho del suelo. Seguramente no debe haber hecho muchos discursos ni salido habitualmente en los diarios o en la tele, ya que le gustaba pasar desapercibido, era el lugar en que se sentía más cómodo, pero vaya si era útil desde allí.
Se jubiló cuando cumplió los setenta años, pero estaba impecable, y tenía cuerda para rato, para compartir mucho tiempo con sus amigos, con sus afectos, y para seguir aportando sus habilidades a su Rosario querido.
No era un líder o referente local notorio y visible para todos, pero seguramente entra en la categoría de esos “imprescindibles” a los que se refería Bertolt Brecht, en una de sus citas más conocidas.


Hoy día la senda peatonal paralela a la ruta nacional nro. 2, a la entrada de Rosario lleva el nombre de Denis Rodríguez Cecilia, un reconocimiento más que merecido para Denis, un chiquito muy grande.

https://www.juntacolonia.gub.uy/index.php/56-legislacion/nomenclator/1886-senda-denis-rodriguez-cecilia-rosario

Pablo Abelenda Bonnet.

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