Cuando fui a la escuela, hace un montón de años, no existía la palabra bullying; o si existía no teníamos conocimiento de la misma en aquellos tiempos, como diría el primer ministro de Defensa post dictadura en nuestro país, cuando le preguntaban sobre algún tema complicado, y contestaba: “no tengo conocimiento”; frase cuyo uso en forma reiterada por dicho secretario de estado, le hizo acreedor al sobrenombre de “el desmayado”.
De la palabra no teníamos noticia, lo cual no significa que el bullying, o para decirlo en español, el maltrato o acoso hacia algunos niños fuera una realidad. Los blancos preferidos eran fundamentalmente los gorditos y los petisos, y si bien no tenía la gravedad que hoy día tiene, generalmente no pasaba de una “cachada” o algún chiste que lograra molestar al agredido verbalmente, no por ello dejaba de ser una actitud dañina para el ofendido. En la mayoría de los casos el gordito u obeso estaba en mejores condiciones para defenderse de la agresión, generalmente por tener un mayor desarrollo corporal que intimidaba al “bullinero”, pero el petiso estaba en franca desventaja. 
 
Tal vez por eso, desde siempre, el deporte que más me gustó fue el fútbol. Qué tendrá que ver pensarán ustedes, “chorizo con bicicleta”, como dice un dicho que les escuché decir a los jóvenes de hoy día; pero sí, siempre me ha parecido que el fútbol es el deporte donde el petiso puede destacarse y competir en igualdad de condiciones con otro que tenga un gran desarrollo físico, ya sea por ser más alto, más musculoso, con zancada más grande, etcétera. Lo voy a decir en español antiguo: yo creo que el petiso que juega al fútbol tiene muchos hue… Realmente hay que ser muy corajudo, y tener un gran temple para enfrentar, pelota de por medio, a un ser humano que te supera en altura, fuerza, peso y medidas. Así por ejemplo, podemos discutir eternamente sobre si tal jugador es mejor que otro, pero si digo que los tres mejores jugadores de la historia del fútbol son Pelé, Maradona y Messi, casi nadie me tendría que contradecir. Sumadas las alturas de los tres, a gatas superan los cinco metros. En México ‘70 Pelé no solo recibió la agresiva marca del catenaccio italiano en la final, sino que en semifinales le tiraron patadas de todos los colores los recios compatriotas de nuestra selección nacional. Sobre el coraje y temple de Maradona (dentro de la cancha) no es necesario abundar ya que todos lo vimos jugar, igual que al diminuto Messi, quien con su metro sesenta y siete y 67 kilos de peso, elude rivales, patadas y codazos, que le zumban cuando agarra la pelota. Además creo que el fútbol es el deporte más “democrático” ya que precisamente, le permite a cualquiera que tenga condiciones para patear la pelota destacarse sin importar su contextura física. El vóley y el básquetbol son también deportes muy vistosos y entretenidos, pero si sos chico, marchaste, a lo sumo un petiso por equipo (el armador y el base). Tal vez por los mismos motivos no me llama el rugby y detesto el fútbol americano ya que me parece, no solo aburridísimo, sino además un deporte sin lugar para la “magia”, ni los petisos obviamente. Y la mentalidad con que se entrena a los jugadores me parece lamentable, una cosa es motivar, otra es inculcarle al jugador que si no pasa por arriba y destroza al rival (literalmente) no sirve para nada; todos estamos aburridos, de ver esas películas norteamericanas en que el entrenador, más que un motivador y un líder positivo, es una especie de monstruo que les grita permanentemente a sus jugadores (incluso si son niños).
 
Hasta acá me referí fundamentalmente al fútbol jugado por hombres, por ser el que conozco de toda la vida, pero hoy los mismos conceptos se pueden aplicar al fútbol femenino, el coraje y la determinación, no es un atributo exclusivo del sexo masculino. De hecho la palabra ovario, viene del latín, ovum, que significa precisamente, huevo. De hecho ya se utiliza popularmente en el mismo sentido, como cuando se dice “esa mujer sí que tiene ovarios”; en definitiva una muy buena metáfora, aplicable en cualquier ámbito de la vida, que resume muchas cosas que hay que tener para asumir riesgos y salir adelante.

El 12 de abril se cumplieron sesenta años de la hazaña de Yuri Gagarin, el astronauta ruso que fuera el primer hombre en el espacio exterior, habiendo orbitado la tierra y reingresando luego a la misma. Fue en 1961 en plena Guerra Fría, y ese hecho aceleró aún más la carrera espacial entre las dos potencias de la contienda, a punto tal que JFK, luego que Gagarin le mojara la oreja, anunciara que antes del fin de la década USA pondría un hombre en la luna. Predicción que se cumplió, aunque no la pudiera ver el presidente electo más joven de la historia de los Estados Unidos.
Repasando algunas crónicas que leí estos días en Internet, y si bien es una historia que tengo muy presente, no deja de sorprenderme cuando pienso, por ejemplo, que en 1961 no existían las computadoras como las concebimos hoy día, y la tecnología existente en comparación con la actual, era de la edad de piedra. Les invito a que miren las fotos de la nave de Gagarin, la Vostok 1, especialmente la cápsula donde iba el astronauta. Parece un escafandra gigante, con menos tecnología que un lavarropas a vaivén (permítanme exagerar un poquito). De milagro el Yuri no se incineró cuando reingresó a la atmósfera. Estuvo comunicado por radio durante casi todo el vuelo, y jamás se puso nervioso.

El habitáculo de la Vostok 1 era muy chiquito, pero adivinen, Gagarin medía tan solo 1,57 mts., y cuenta la leyenda que casi no entra en la cápsula ya que sus testículos eran enormes.

Pablo Abelenda Bonnet.

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