Sicólogos, analistas, perfiladores y opinólogos en general, abstenerse de leer este relato. Por más que lo intenten no podrán calificar, encasillar y/o analizar metodológicamente el personaje del siguiente relato; somos decenas los que hemos fracasado en el intento.

En la década del setenta aparece en escena (creo que es la mejor forma de expresarlo) un personaje único e irrepetible en la colonia valdense, trayendo como equipaje unas pocas herramientas (navajas, tijeras, peines y cepillos) y una finísima habilidad en sus manos; es Gualberto Coiffeur.

El conocido scketch cómico “La peluquería de Don Mateo” que estuvo en el aire durante años en la televisión argentina, quedaría en el olvido si se hubiera podido grabar las escenas que se producían a diario dentro de La peluquería de Don Gualberto. Esa peluquería que quedaba en la Ruta 1, exactamente en el km. 121 donde está el mojón, al lado de la panadería del flaco Velázquez (el mismo que entró corriendo a la comisaría el trece de agosto de 1977 en horas de la madrugada, y cuando el oficial intentaba calmarlo y le preguntaba qué pasaba, le repetía  nerviosamente “¡No pasa nada!,¡no pasa nada!”, y de ahí quedó el dicho para la posteridad: “No pasa nada dijo Velázquez y se estaba incendiando el Club Valdense”).

Gualberto tenía, y tiene, un bagaje de anécdotas propias y ajenas muy especiales, así como también maneja correctamente mucha información sobre cualquier tema, ya fuere de fútbol, basquetbol, política, y por supuesto su favorito: los platos voladores. Según su relato, trabajó desde muy joven en el mismísimo Sorocabana de Montevideo, lugar de recalada obligada de artistas, políticos, deportistas y personajes de todo tipo de un Montevideo que ya fue. Seguramente allí mamó todas aquellas historias con que nos deleitaba en su recinto laboral. Era muy común que nos ilustrara, por ejemplo, sobre la realidad política de la década del sesenta, y nos asombrara con detalles de ese momento que solo él sabía ya que se los habían trasmitido directamente Jorge Batlle, Zelmar Michelini o Pacheco Areco; el relato histórico era relativamente correcto, la fuente de la que obtuvo la información… no tanto (siendo generoso). 

Había jugado también al basquetbol en el club Tabaré, en su época más gloriosa, lo cual sabemos que es cierto, pero el relato comenzaba a transformarse cuando del basquetbol pasaba al fútbol y nos contaba con lujo de detalles sobre el Peñarol de la década del cincuenta; cuando estábamos enganchados con el relato de las habilidades de los cracks aurinegros, sin cambiar de tono ni solemnidad, el relato comenzaba a mutar ya que ingresaba en la historia el propio Gualberto, quien siendo aún muy jovencito había ocupado el lugar que había dejado vacante el Negro Jefe, y fue él también quien guió y le enseñó a jugar al fútbol a un jovencito que daba sus primeros pasos en Peñarol, un tal Tito Goncálvez. 

 La temática de Gualberto es muy amplia, pero en la misma ocupan un lugar preferencial los platos voladores y el armamento nuclear. Gualberto nos explica, navaja en mano que agita por el aire, que es asesor de la NASA y trabaja encubierto para otras agencias, y en su peluquería tiene el mismísimo botón que puede hacer volar el mundo. Botón que nunca apretará ya que su objetivo es salvar al mundo al mando de su flota de platos voladores, esos que tiene ahí nomás, cerquita, en el paraje “La Totora”; eso sí,  la nave nodriza no está en esta galaxia, sus dimensiones son impresionantes. Tranquilos, no tomé nada, hay decenas de testigos que darían fe de lo que he escrito.

Si alguna vez nos maravillamos con el Mauricio Babilonia y sus mariposas amarillas de Cien Años de Soledad de García Márquez, bien podemos permitirnos la libertad de disfrutar el relato del experto peluquero, ya que tal vez no esté más que poniendo en palabras esos sueños infantiles, que a los que nos gusta el fútbol alguna vez tuvimos, de jugar con nuestros ídolos, y además ser un superhéroe con poderes especiales.

Gualberto también tuvo una carnicería en Colonia Valdense que tenía un nombre grandioso, como no podía ser de otra manera: “El rey de la chuleta”, y en algún momento se mudó para Nueva Helvecia, llevándose su equipaje de navajas y relatos fantásticos para la localidad vecina.

Bajo el nombre artístico de Orlando Petinatti, el locutor montevideano, que se hace llamar licenciado (mucho antes que algún político), tiene uno de los programas de radio más escuchados de nuestro país. Generalmente cuando interactúa con los oyentes, muy sutilmente los va poniendo en ridículo, caminando por el filo para que el entrevistado no se percate de la posición en que lo va situando; lo hace con mucha “destreza y eficacia”, ya que como decía, el programa tiene una fiel y numerosa audiencia (es muy común escucharlo en el ómnibus o en el taxi). Siempre me he preguntado por qué el entrevistado no advierte ese juego y cuelga el teléfono. En algún momento un vecino de Gualberto había colocado en una de las principales avenidas de Nueva Helvecia, un pasacalle promocionando a nuestro peluquero como candidato a Intendente de Colonia, en plena campaña electoral, y la repercusión fue tal que llegó a que el mismísimo Petinatti llamara a Gualberto para entrevistarlo en vivo y en directo para exponerlo ante su numerosa audiencia.

Cosas que solo pasan en “el Uruguay profundo”: Gualberto no tenía teléfono, así que Petinatti tuvo que llamar al supermercado que está enfrente; de allí buscaron al peluquero, por lo que la entrevista al peluquero-candidato –después de una respetable espera al aire – se realizó con Gualberto de pie junto a la caja, con los clientes pasando a su lado.

Petinatti lo fue llevando, lo fue llevando, como un cazador que acorrala a su presa, hasta que lo tuvo pronto para el tiro final, y ahí le sacó el tema de los platos voladores; Gualberto tampoco colgó el tubo, porque en realidad estaba dos pasos adelante del avezado conductor-cazador y con una de sus salidas magistrales lo dejó en ridículo.

Ese fue el día que el realismo mágico puso un pie en tierra, y le dio una lección de sabiduría y humildad al experimentado conductor.

Pablo Abelenda Bonnet  (abelendabonnet@gmail.com) – Caricatura realizada por Alejandro Rodríguez Juele.

(Relato publicado en el libro del autor: “Colonia Valdense – Personajes y anécdotas de un lugar en el mundo-“)

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