Desde que tengo memoria he escuchado los relatos del nacimiento de Jesús; esa mezcla del Evangelio según Lucas y Mateo que arman el escenario de todo pesebre. Lucas dice que para cumplir con los requisitos del censo ordenado por el emperador, María y José tuvieron que ir a Belén. Allí nació Jesús. La madre «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón». Hace muy poco reparé en la diferencia entre decir que no «había lugar» y agregar «para ellos.» No había lugar para una pareja pobre, que no se había casado y esperaba un hijo. Tal vez si sus condiciones fueran otras sí habría. Tal vez.
Nació en un comedero para animales y vivió en una tierra de la que lo expulsaron. Proclamó «bienaventurados los mansos porque recibirán la tierra por heredad». A todos la destinó el creador antes de que alguien la volviera suya y reclamara derecho de admisión.
Recuerdo de niño que un vecino se quejaba porque no tenía «un lugar para caerse muerto». Hoy le diría que la verdadera tragedia humana es que cada vez más hay quienes no tienen un lugar para pararse vivos.
«¿Ciudades burbujas?, el fenómeno de los barrios privados en Uruguay» (1) se titula un estudio de Marcelo Pérez Sánchez y Juan Pedro Ravela, especialistas en estudios urbanos y desarrollo territorial. Allí dicen que todos los asentamientos irregulares de nuestro país, donde la gente se apiña como puede y construye donde no podría, caben en los 90 barrios privados que ponen cerrojo a tierra, mar y cielo para encerrar el lujo que muchas veces es habitado en dos tranquilos meses de verano por pocos elegidos que tienen la contraseña correspondiente. Caben. Y sobran unas dos mil hectáreas.

Este despropósito no es monopolio de los uruguayos. Países vecinos exhiben cifras mucho más escandalosas de una realidad que crece en el mundo, que pasa por arriba de los gobiernos, que lastima y duele en la dignidad humana a veces domesticada a fuerza de costumbre. Esa brecha entre la «segregación residencial padecida» y la «autosegregación residencial», que para toda sociedad debiera ser una herida dolorosa a curar, es una realidad que en el mundo crece y a veces nos anestesia.
Para la inmensa mayoría de los niños que en el mundo hoy nacen, «no hay lugar en el mesón», cada vez hay menos, aunque los mesones sean más grandes. Debe dolernos, porque el dolor es muchas veces el principio de la sanación.

(1) Geymonat, Juan (coordinador) «Los de arriba; estudios sobre la riqueza en Uruguay». Fucvam, Montevideo, 2021, 130 pp.

Publicado en “Cuestión de fe” edición diciembre 2021.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí