Debido a los hechos de público conocimiento y por la cercanía que tiene el semanario HELVECIA con la comunidad coloniense y puntualmente de Nueva Helvecia, de dónde es oriundo uno de los procesados de la Operación Murmullo IV, recibimos y publicamos la opinión del periodista Antonio Ladra enviada a este medio.

Hoy, jueves 17, hablé con el diputado de la lista 904 Mario Colman. Está desolado y enojado, porque siente que se está comiendo un garrón por la formalización y condena de Diego Cruz, un militante de su agrupación, que cayó por tráfico de drogas en el marco de la operación Murmullo, en su cuarta fase.
No voy a liberar al diputado de la culpa si la tuvo o no, eso no me corresponde. Lo que hizo Cruz no era, según sus palabras, de su conocimiento. Siente que abusó de su confianza, la que le dio cuando lo acogió en su agrupación partidaria y luego le dieron responsabilidades en la comuna de Colonia.
En lo que me quiero detener es en la responsabilidad, eso sí que le cabe a, en este caso a Colman, como a cualquier otro actor político: y es cuidar su entorno. El narcotráfico, los narcotraficantes, grandes, medianos o pequeños, buscan el cobijo del poder y de esa manera inconsciente para algunos, y muy consciente para otros, se expanden en las sociedades.
Cuando en la década de los años 60 el presidente Richard Nixon lanzó la guerra contra las drogas, lo hizo porque en su país, Estados Unidos había un problema grave, pero la guerra la libró en países pobres, con gente pobre, en Colombia, en México.
Las víctimas fueron los niños pobres, las mujeres pobres, los hombres pobres, mano de obra barata y necesitada de ganar un peso para tener un plato de comida. Los narcos grandes estuvieron y están fuera del radar o de la mira de quienes libran la guerra
Desde aquel momento hasta ahora ha pasado mucha agua bajo los puentes y el problema del narcotráfico es global trajo aparejado otros problemas: lavado de activos, además de los millones de muertos. Y no hubo solución. La guerra contra las drogas ha sido una política que se ha perdido en diferentes términos, políticos, sanitarios y económicos.
En Uruguay siempre se pensó que se estaba lejos de esas realidades y en el interior del país más todavía, pero tarde o temprano los narcos llegan, se asientan y después es difícil de sacar esos quistes.
Durante muchos años hubo gente que, con miradas más largas sobre el asunto, advirtieron sobre esta realidad: sobre los ajustes de cuentas, sobre el sicariato, sobre el lavado de dinero, sobre la feudalización de los barrios. No se los escuchó. El sistema político no lo escuchó, la academia no lo hizo y hoy la ola nos tapó.
Milton Friedman, premio Nóbel de Economía, insospechado por sus ideas liberales, fue uno de los primeros en reconocer la pérdida de la guerra contra las drogas. José Mujica, ex presidente de la República y de izquierda, claramente, coincide con Friedman. “Será mi última batalla”, ha dicho: “promover la liberación de las drogas, todas las drogas”. Sin un mercado ilegal habrá menos reclusos, menos homicidios, los adictos no seguirán siendo mirados y tratados como criminales cuando procuran su droga, pudiendo tenerlas, además, con garantías de calidad.
El cambio de paradigma sobre las drogas no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha sino del sentido común. Este problema global ha sido, hasta ahora, tratado como una política militar y de seguridad y no como un problema de Salud Pública. El enfoque debiera ser la prevención, la educación y la rehabilitación, y en ese marco, aplicar políticas de despenalización progresiva y regulación de la misma manera que se hace con otras sustancias como el alcohol y el tabaco.

ladraantonio@gmail.com

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