«Los locos años veinte». ¿Por qué los de hace un siglo y no los nuestros?
¿Acaso no tenemos méritos suficientes? En 1918 dejaron de sonar en Europa los cañones y explotar las bombas que la arrasaron. Otros se enriquecieron con su desgracia. Venía el momento de reconstruir lo reconstruible, llorar lo imposible, estudiar lo ocurrido, investigar lo oculto y aprender de la historia. Los seres humanos hemos demostrado tremendas dificultades.
Aquella década empezó con un crecimiento económico que se llevaba el mundo por delante. Las inversiones crecían y redituaban, el consumo parecía no tener techo. Mientras unos tiraban la casa por la ventana, otros no tenían ni ventanas.
El crecimiento y la concentración de la riqueza iban de la mano. La construcción de una sociedad con las necesidades básicas satisfechas fue un espejismo. La música, el arte, todo parecía ser la inauguración de una nueva época en la que ya no habría más llanto ni dolor; todas las cosas habían sido hechas nuevas. A la locura optimista le puso freno otra locura: la «crisis del 29». Poco hubo de nuevo.
En 1939 otra vez el mundo en guerra.
Pasó un siglo. Inauguramos 2020 poniéndole candado a un virus. No hablamos de otra cosa por dos años, encerramos a los viejos, no dejamos jugar a los niños, prohibimos enamorarse a los adolescentes, abrazar a los adultos, condenamos a los pobres por salir a trabajar o a mendigar en lugar de hacer cuarentena y distanciamiento. El crecimiento mundial de la riqueza y la concentración siguieron de la mano. 2021 volvió a mostrar un aumento del gasto militar y récord de ganancia de la industria armamentística. Crece exponencialmente la producción de alimentos y los hambrientos no disminuyen. 2022 se inauguró con una invasión al mejor estilo del cine retro si no fuera por la tecnología de punta del pertrecho militar. Y apenas son algún botoncito de muestra. Muchos más tiene la camisa.
¿Por qué los nuestros no son también locos años 20? Méritos no le faltan. Mi amigo Zylas Mozkas estoy seguro que los mira de reojo.
El anuncio de un cielo nuevo y una tierra nueva sigue nutriendo nuestra esperanza desde los anuncios de Isaías hasta el cierre del Apocalipsis. Lo proclamamos el domingo de resurrección con los relatos de los Evangelios de la tumba vacía y Cristo vivo. Esa esperanza no se apoya en la recetas conocidas que vuelven a la misma locura sino en el reconocimiento humilde de que solo cuando la gloria es para Dios en las alturas, habrá en la tierra la paz que soñamos.

Publicado en Cuestión de Fe, N° 155 del mes de mayo de 2022.

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