Que el perro se llamara John no me sorprendió. Que la chica describiera a «su dueño» como «un chabón que andaba en cualquiera», me hizo pensar en quienes venimos siendo los unos para los otros.
La humanización de los animales es una forma de amoroso maltrato que se nos ha normalizado. Lo del nombre es apenas una pequeña señal; también tengo un gato que se llama Simón. Pero he visto caniches de paseo obligado con moñita al cuello, palmerita en la cabeza, botitas de lana y cuando no algún pantalón bombilla. Me imagino caminando en cuatro patas con un hueso en la boca o corriendo a traer un palito entre los dientes y no me siento bien.
En el coqueto barrio de Recoleta John era perro de pobre hasta la semana pasada. Florencia se compadeció de él porque estaba a cargo de «un chabón que andaba en cualquiera». Así lo presentó en su cuenta de Twitter cuando se sintió autorizada a llevárselo para darle «una mejor vida». Se llevó a John, «el chabón», que dijo llamarse Agustín cuando los medios lo entrevistaron, vive en la calle y no le despertó la misma compasión.
«Un perro no puede vivir así», escribió Flor, «me dio mucha lástima». Y dejó un número de cuenta bancaria para recoger la solidaridad de quien tuviera disposición de ayudarla con el costo de sus cuidados.
«Si sos pobre no tengas perro», escribió alguien como comentario que por lo menos podría calificarse de poco empático. Otros se sumaron al espontáneo foro sobre ética ciudadana, aplaudieron la audacia de Flor y legitimaron lo que en otro caso hubiese sido un robo. Hubo quienes la criticaron por pedir ayuda para comprarle comida y llevarlo a la veterinaria. «Hacete cargo», le dijeron con todo el peso de su razón como si fuera la única.
Apenas alguna voz más chiquita sepultada por una catarata de comentarios feroces se animó a preguntar por la vida de Agustín. ¿Por qué vive en la calle? ¿No tiene derecho a ser siquiera el mejor amigo de John? El acto que se autocalifica de misericordioso ¿no es en realidad de una crueldad que lastima? Al fin y al cabo Agustín pierde su única compañía y no sabemos cuánto gana John a quien se le brinda un bienestar sobre cuyos criterios no puede opinar.
¿Quién es ahora mi prójimo al que debo amar como a mí mismo?» se animó alguien a preguntar. Nadie le respondió pero la pregunta que alguna vez un maestro de la ley le hizo a Jesús quedó otra vez formulada. Y la respuesta sigue siendo: «quien tuvo compasión de él» ¿de quién tenemos hoy compasión?

Publicado en “Cuestión de fe” del mes de junio de 2022.

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