Un amigo me envió por Messenger un artículo al que no podía
ingresar sin pertenecer a un grupo de Humor en línea. Me inscribí y accedí a algo que no tiene nada que ver con el humor, pero que quiero compartir.

EN EL MOMENTO JUSTO
La historia es de un tal Mario Ibarra a quien no conozco.
Una jovencita se quitó sus ropas de monaguillo después de Misa y ya vestida de calle, le dijo al padre:
– ‘OK, padre, ¡ya estoy lista!
-¿Lista para qué? –preguntó el sacerdote–.
– Padre, es hora de salir a repartir nuestros volantes.
– Pero, hija, hace mucho frío y está lloviznando.
La niña miró sorprendida al sacerdote y le dijo:
– Pero, padre, la gente necesita saber de Dios aún en los días lluviosos.
– Mira, hija, yo no voy a salir con este tiempo. Estoy muy viejo y debo cuidarme.
La chica no se entregó:
– Padre, ¿puedo ir yo sola? Por favor…
El sacerdote dudó un momento pero terminó aceptando y le dio los volantes a repartir.
La niña recorrió todas las calles del pueblo bajo lluvia, repartiendo los volantes a las personas que veía.
Tras dos horas de recorrer el pueblo, se detuvo con el último volante en su mano. No había nadie a quien dárselo. Entonces se dirigió a la primera casa que vio, tocó el timbre varias veces y esperó, pero nadie salió.
Finalmente, la niña giró para irse, pero algo la detuvo. La niña volvió y empezó a tocar el timbre y a golpear la puerta fuertemente con los nudillos. Algo la mantenía ahí frente a la puerta. Tocó nuevamente el timbre y esta vez la puerta se abrió suavemente.
Una señora con una mirada muy triste asomó en el umbral y le preguntó con voz apenas audible:
– ¿Qué puedo hacer por ti, niña?
Con unos ojos luminosos y una sonrisa radiante, la niña dijo:
– Señora, lo siento si la molesté, pero solo quiero decirle que Dios realmente la ama y vine para darle mi último volante que habla sobre Dios y su gran amor.
– ¡Gracias, hija, y que Dios te bendiga!


El siguiente domingo por la mañana, el sacerdote estaba en el púlpito y antes de comenzar la misa preguntó:
– ¿Alguien tiene un testimonio o una anécdota que quiera compartir con nosotros?
En una de las últimas bancas del fondo, una anciana se puso de pie y con voz firme empezó a hablar:
– Nadie en esta iglesia me conoce. Nunca había estado aquí; incluso el domingo pasado aún no creía en Dios. Mi esposo murió hace poco tiempo y me dejó totalmente sola en este mundo. El domingo pasado fue un día particularmente frío y lluvioso, y también lo fue en mi corazón. Ese día llegué al final del camino. Ya no tenía ningún motivo para vivir. Entonces, tomé una silla y una soga y subí hasta el altillo de mi casa. Subida en la silla, amarré y aseguré bien un extremo de la soga a una de las vigas del techo y luego y puse el otro extremo con un lazo alrededor de mi cuello.
Estaba a punto de tirarme de la silla cuando escuché el timbre de la puerta que sonaba con insistencia. Me detuve. Esperé que se fuera quien llamaba. Esperé y esperé, pero el timbre de la puerta sonaba cada vez con más insistente, y luego la persona empezó a golpear la puerta con fuerza.
Entonces me pregunté: “¿Quién podrá ser?” Nadie me visita y tampoco llaman a mi puerta.
Me quité la soga del cuello y bajé hasta la puerta, mientras continuaban golpeando.
Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veían mis ojos: frente a mí estaba la niña más radiante y angelical que jamás hubiera visto. No puedo describir su sonrisa. Las palabras que salieron de su boca hicieron que mi corazón, muerto hace tanto tiempo, volviera a la vida, cuando me dijo: “Señora, solo quiero decirle que Dios realmente la ama”.
Cuando aquel angelito desapareció en el frío y la lluvia, cerré mi puerta y leí cada palabra del volante.
Entonces subí al ático para bajar la silla y la soga. Ya no las necesitaría más. Como ven, ahora soy una feliz hija del Señor.
Como la dirección de la iglesia venía anotada en la parte de atrás del volante, hoy vine personalmente a decirle GRACIAS a ese pequeño ángel que llegó justo a tiempo.
En la iglesia, todos los asistentes lloraban.
El sacerdote bajó del púlpito hasta la primera banca del frente donde estaba sentada la niña, la tomó en sus brazos y lloró.
Probablemente la iglesia no volvió a tener un momento más glorioso.

MÁS ALLÁ DE LA RELIGIÓN
La historia tiene una profunda motivación proselitista. Pero deja espacio para reflexionar mucho más allá de la intención de su difusión.
La anciana al borde del suicidio salvada por la oportuna presencia de un extraño, nos hace pensar en circunstancias no tan extremas, pero que pueden suceder todos los días.
Hay muchos esperando la palabra justa en el momento exacto; la visita oportuna cuando la necesita; algo que le cambie la mirada, la perspectiva de vida; que le ayude a tomar la decisión adecuada.
No es solamente un volante que diga que Dios nos ama. Puede ser una palabra, una frase, una actitud. Un “perdón” inesperado, un elogio, un reconocimiento, una mano tendida, un abrazo.
Esa intuición a la que la niña respondió insistiendo en su llamado a aquella puerta, a veces nos llega también para ir al rescate de un amigo, un familiar, un vecino. Quizás pensemos que no es necesario, que no es importante; que no somos nadie para influir en otro.
Pero como está de moda decirlo ahora en el fútbol: los partidos se definen por detalles.
Y podemos ser ese “detalle” que cambie para bien un momento en la vida de otro.

  • Publicado en la edición papel de HELVECIA, del viernes 20 de enero de 2023.
raddyleizagoyen@gmail.com – Whatsapp 098 358 507

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