Para los que no llegamos a los cincuenta, la tragedia de los Andes siempre estuvo ahí, como algo que damos por hecho. Por eso son tantos los que creen que La Sociedad de la Nieve llega como una nueva forma de seguir lucrando con algo que pasó hace medio siglo y que hemos visto mil veces en todo tipo de formato. Sin embargo, aunque dicha opinión es respetable, la realidad prueba que hay algo en lo que se equivocan. De entre los muchos picos de popularidad que ha tenido la historia del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, este es el único que llega en el momento de mayor preponderancia de las redes sociales. Es impresionante ver la cantidad de jóvenes que se han convertido en expertos en lo que pasó entre el 13 de octubre y el 23 de diciembre de 1972 en los Andes, así como los adultos que están redescubriendo el evento. Porque por más aburridos que estén algunos de oírla, la historia es realmente digna de ser reproducida por siempre.
Pero todo eso es ajeno a la película en sí, a lo que pasa en sus 144 minutos de metraje. La Sociedad de la Nieve se estrenó a fines del año pasado en cines, y el 4 de enero en Netflix. Es una producción española, dirigida por el catalán J.A. Bayona, responsable de, entre otras, Lo Imposible, aquella película del 2012 que relataba la historia de una familia española en medio de otra tragedia, el tsunami que en 2004 azotó las costas del Océano Índico. Asentado hace más de una década en Hollywood (Steven Spielberg le dio el visto bueno en 2018 para dirigir la segunda entrega de la saga de Jurassic World), Bayona vuelve al cine en español tras 20 años, y no a cualquier español, sino al oriental, al uruguayo. Porque la Sociedad de la Nieve es un fenómeno global, sí, pero es también una película uruguaya en esencia y corazón, y que tenemos todo el derecho del mundo a sentir nuestra.

La historia, aunque conocida, es impresionante. Ya no solo los protagonistas, sino su forma de hablar, la impronta, son uruguayos. Pero por si todo eso fuera poco hay una razón más para verla, y es que es una buena película.
Hay tomas de las inmensas y blancas montañas durante toda la cinta, pero siempre con un cometido para la trama: hacernos ver que los supervivientes son puntos insignificantes en el medio de la nada, que no pertenecen ahí. Pero la película también esta llena de primeros planos agobiantes y claustrofóbicos dentro del fuselaje donde los protagonistas viven por más de dos meses. Con su cámara, Bayona logra darle entidad a un montón de enemigos intangibles como lo son la incertidumbre, la desesperanza, la impotencia, el miedo, el hambre…
A nivel técnico es muy buena también, con la escena del accidente quizás como mayor exponente. Dicha escena dura menos de un minuto, pero permanece en la retina por mucho más tiempo, al igual que la apariencia que van tomando los protagonistas con el pasar de las semanas con casi nada de agua y comida. Y aunque adelgazar para ciertos papeles es algo muy valorado hoy por hoy en Hollywood, también hay que reconocerle a los actores de La Sociedad de la Nieve las grandes interpretaciones que brindan.
Eso sí, más allá de su historia, de los uruguayos involucrados, o de que sea una buena película, la inmensa parte de quienes la vieron, lo hicieron lisa y llanamente porque estaba en Netflix. Esto es algo bueno, que desde esta plataforma se apueste por buen cine, pero espero que también sirva para reflexionar acerca de la cantidad de buenas películas que nos perdemos por el simple hecho de estar a más de un clic de distancia.

NOMINADOS
El pasado martes se hicieron públicas las nominaciones a los Premios Oscar, a celebrarse el 10 de marzo, y La Sociedad de la Nieve obtuvo un lugar en dos categorías: mejor maquillaje y mejor película internacional. Aunque, como uruguayos, deseamos que la película de Bayona se haga con este segundo premio (el máximo honor al que las películas en idiomas diferentes al inglés pueden aspirar), temo decir que las posibilidades no son las mejores. La situación es igual a la que protagonizó Argentina 1985 el año pasado: Zona de Interés, otra de las nominadas a mejor película internacional, está también nominada a mejor película, la categoría máxima de los Oscar, lo que hace casi imposible que no gane el premio por el que también compite La Sociedad de la Nieve. De todas formas, habrá que esperar a la ceremonia para conocer el resultado final.

La película carga con un gran peso, al menos por estos lares, y es el de contar una historia que ya conocemos de principio a fin, pero la forma de abordarla es una nunca antes vista. Por citar un ejemplo, el papel protagónico recae en Numa Turcatti, uno de los pasajeros del vuelo que no regresó de la cordillera, y que no suele ser tenido en cuenta al contar esta historia. De hecho, fue el último en morir, dejando a los dieciséis sobrevivientes que conocemos tan solo once días antes de ser encontrados. Según Bayona, su intención con esta película era darle voz a los que no volvieron de la montaña. Y es que, sin caer en la ingenuidad de desconocer que esto es un largometraje de Netflix y el objetivo es hacer dinero, uno puede sentir cierto corazón a lo largo de la cinta, cierto respeto por lo que se está contando. Se ha dicho que Bayona llevaba diez años obsesionado con el accidente, que fueron a “pedir permiso” al lugar donde se estrelló el avión, que los supervivientes quedaron encantados con el resultado final. Por supuesto que cada uno es libre de creer que todo es una movida de marketing, pero en mi opinión, la película evita caer en lugares comunes del cine comercial, y se toma momentos de reflexión, de solemnidad, y de lo que a mi parecer es un gran cariño por una historia mil veces contada, sí, pero que no por eso deja de ser un ejemplo de superación y resiliencia que es nuestro, pero merece ser de todos.

Por Santiago Perera – santiago.perera165@gmail.com

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