A Juan Ignacio Lamadrid

Cuando aparecieron las mentadas piedras supe que el año que las marcaba, 1943, me resultaba extrañamente familiar. Pensé que los pasillos de mi cabeza me habían llevado a la fecha de estreno de algún tango de Homero Manzi, que son los que me desvelan, en su mayoría. Pero los tangos más presentes del autor de “Milonga sentimental”, que recuerdo de la década del 40’ son “Fuimos”, de 1940, “Sur”, de 1948 y, “Tal vez será su voz” de, en efecto 1943. Pensé que eso dejaría en paz la duda, pero no. Esa fecha seguía sonándome. Luego lo recordé.

El año pasado participé como invitado en uno de los congresos “Literatura y lunfardo” que suelen organizarse en la Academia Porteña del Lunfardo de Buenos Aires. Otrora presidida por su fundador, José Gobello –con quien tuve una relación distante y cordial-, y ahora en manos de amigos y colegas, El Dr. Trápani, quien ocupa la silla “Celedonio Esteban Flores” de la Academia me propuso como invitado para dar una de las cuatro conferencias que tendrían lugar en el congreso. Según me dijo, era una deuda de la institución por los años de negativa que había recibido gracias a la gestión d Gobello. Yo no lo sentía así, pero de todas maneras me pareció una feliz gentileza y acepté.

En abril del 2023 viajé con mi conferencia sobre “Historia de la prosa lunfarda en el Uruguay”. Debo decir que la invitación generosa de Trápani, del Arq. Oliveri –actual presidente- y los demás miembros, se vio deslucida con el poco tiempo que conté para mi investigación y que me hizo errar en varios momentos de mi charla. Según me dijo un poeta amigo no fueron advertidos los yerros, pero es difícil creer que no lo hayan sido cuando uno tiene un auditorio de eruditos que escuchan con sus propios libros bajo el brazo. La pasé muy bien y todos fueron muy cordiales.

Una vez que el congreso terminó y sus cuatro jornadas fueron cerradas, se acercó a mí un hombre mayor a quien mi amigo, que tiene cerca de cuarenta años, saludó con una familiaridad que rompía cualquier impedimento generacional. El hombre, según me fue presentado, era Juan Ignacio Lamadrid. Tuve la torpeza de preguntar si era pariente de Juan Carlos Lamadrid, el poeta lunfardo que compuso con Astor Piazzolla –“Fugitiva”, “Rosa río”-. Por suerte me salvó la rapidez de mi amigo que contestó con un fraternal “claro” mientras el veterano hacía gala de su estirpe.

  • Soy su sobrino nieto, me comentó – poeta, también.

Mientras pensaba que debía haberlo imaginado pude, en cambio, entablar un amistoso diálogo con Lamadrid donde, en un momento, ya no hizo falta la mediación de mi amigo que se había ido detrás de unas copas que servían en otro lado del salón.

Lamadrid, generoso, elogió mi conferencia y, también propio de un erudito, la usó de excusa para hablar un rato de sí mismo, de sus libros y de sus charlas. De todas maneras, lo escuché con interés genuino. Luego me preguntó en qué trabajaba. Le conté el proyecto que tenía por entonces.

  • Escribo una novela – le dije – tiene que ver con el tango – agregué para adelantar algo sin tener que decir demasiado.
  • ¿En qué forma tiene que ver? – me preguntó.
  • Bueno, es un poco delirante, se llama “El tango en el Tercer Reich”.
  • Ah – dijo con seriedad – qué tema… ahí sí que tenés para escribir.

Le conté que la novela no era un trabajo riguroso, sino que se trataba de una parodia. Pareció causarle gracia la trama y eso me dejó satisfecho. Luego hablamos de las orquestas de Alberto Bianco y Antonio di Tomasso que habían tocado para el Führer, del tango “Plegaria”, que sonaba en los campos de concentración y de cómo muchos de los músicos habían quedado fascinados con el régimen de la alemana nazi y, décadas más tarde, habían adherido a los regímenes militares de Uruguay y Argentina.

En algún momento de la charla me preguntó si era de Montevideo. Le dije que no. Que vivía en la capital oriental, pero que venía del departamento de Colonia. Específicamente de Colonia Suiza. Cometí, ahora lo veo, el descomedimiento de decirle “colonia suiza” a la ciudad. Yo, que siempre he renegado de esa nomenclatura. Pero el lenguaje nunca es azaroso.

Lamadrid abrió los ojos, interesado.

  • ¿Colonia Suiza no queda cerca de Nueva Helvecia? – inquirió con curiosidad.
  • Colonia Suiza es Nueva Helvecia – empecé a decir y, antes de que le diera mi moldeada explicación sobre los nombres de la ciudad y su origen me sorprendió él a mí, como si me contagiara el azoramiento de sus ojos inquietos.
  • Vos estás escribiendo sobre el Tercer Reich y el tango, ¿sabés que hay una milonga que nombra a Nueva Helvecia y habla del Graf Spee?
  • No.
  • Tenés que buscarla, me dijo. No creo que esté grabada porque, imaginate… pero la partitura tiene que estar por ahí, en Montevideo.

Luego de darme la noticia empezó a recitar frases sueltas que, en realidad, no conformaban ninguna rima y nunca nombraban a Nueva Helvecia. Luego el tema pasó.

Cuando volví a Montevideo fui a la biblioteca de AGADU y busqué en la computadora, puse “graf spee” y allí apareció la “Milonga del Graf Spee”, cuyos autores estuvieron en boga en algún momento de la música popular orillera. Accedí a la partitura y a su letra. Pedí que me la fotocopiaran y la incluí en la novela.

Hace poco, aparecieron estas piedras que descubrió la lluvia y que daban algún testimonio del paso nazi por Uruguay, no digamos, ya, por Nueva Helvecia, solamente. Y la fecha de las piedras me empezó a quemar. Ayer, que recibí un mensaje de Pablo Cribari –director de este periódico- para pactar una nota por la salida de una nueva novela, recordé de dónde me sonaba esa fecha. Fui a la fotocopia de la partitura. La milonga está escrita en sextillas y su año de publicación es el año triste y célebre que aparece en las piedras.

Milonga del Graf Spee

1943

Música: Walter Méndez

Letra: Enrique Soriano

Llegaron en pez de plata

los hombres desde el futuro.

Aquí nada fue seguro;

el mar se les hizo barro

y sólo el sol del cigarro

les espantaba lo oscuro.

Se oyó el tronar de leones

con rubias melenas fuertes,

caía la armada inerte

de la inglesa tiranía

llenando la orilla mía,

buscando siempre la muerte.

Mas el heroico navío,

a pesar de su destreza,

fue herido con su entereza

por arteros atacantes.

Los otrora suplicantes

demostraron su agudeza.

El Capitán de mi barco,

viendo la costa uruguaya,

dignó con su ánima a la playa

abrazado a la bandera.

Entidad brava y certera

en otra tierra no se halla.

Más siguió la peripecia

de los valientes soldados;

por nuestro pueblo hostigados

buscaron rostros amigos.

Llegando hasta Nueva Helvecia

allí fueron refugiados.

Así cantaste, epopeya,

una postrer gran hazaña

de un Mundo que aún se extraña

por estas tierras perdidas.

Ejemplo de Patria y Vida,

es, nuestro Norte, Alemania.

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