El problema es la televisión decía la abuela Juana y la apagaba ni bien aparecía una escena que juzgaba violenta. Hoy nos escandalizaría menos que una discusión por el lugar en la cola del supermercado. Era violencia sí señor y nos fuimos acostumbrando. Al insulto como respuesta a la opinión ajena, a que tuviera lugar en los medios de comunicación, a que forme parte de discursos de “altos dignatarios”; nos fuimos acostumbrando.

Es malo que a fuerza de costumbre nos hayamos anestesiado. Pero no es menos grave que sigamos oyendo que el problema está fuera de nosotros. Para la abuela estaba en la televisión. Hoy hay quien dice que está en las redes sociales.
Alguien fue más específico estos días y dijo que el problema era Whats App. El común denominador de las explicaciones es que la responsabilidad siempre está en cancha ajena.
La violencia es un monstruo de muchas formas y ningún sector social ni franja etaria tiene el monopolio. Ni tampoco está libre. Grupos de jóvenes se citan a peleas campales con una violencia que espanta en un lugar que garantiza visibilidad y reproducen infinitamente el espectáculo para que a nadie resulte ajeno. Adultos resuelven sus diferencias con ataques que cada vez más fácil y rápidamente incluyen armas y se cierran con la muerte. Se filman y se muestran como señal de presencia y dominio. Hay violencia sin golpes en los discursos que no buscan confrontar opiniones sino destrozar a quienes se atreven a tener una distinta a la que me define, a la que identifica a mi tribu de pertenencia. Sin golpes, pero violencia al fin, hay en las denuncias falsas, en ocultamientos deliberados, en presiones para callar lo que se opone a una verdad mentirosamente construida y elevada a la categoría de absoluto. La siembra de desconfianza es violencia tanto como la anulación de la esperanza.
Como la televisión de la abuela, las redes sociales transportan la violencia crecida en una sociedad que ha ido volviéndose cada vez más individualista que sólo tiene oídos para su evangelio de éxito personal. El prójimo devino en competidor, pasó a la categoría de estorbo y de ahí a enemigo. Repite un día sí y otro también que el amor más grande que uno puede tener es dar la vida por uno mismo. La frustración es el castigo para la inmensa mayoría que no ha sabido alcanzar esa tierra prometida, y se le repite que sólo por su responsabilidad individual no lo ha logrado. Y en la tapa del libro, con letras de molde, escrita está la seguridad de que es la única realidad posible.
Una sociedad que entiende la libertad como un camino solitario que prescinde de todo compromiso con los demás, no puede ofrecer más abrigo que la intemperie ni más normalidad que esta violencia. Una sociedad que enseña desde la niñez la admiración por el éxito mucho más que por las virtudes, el triunfo, mucho más que el reconocimiento de errores, no puede esperar una cosecha distinta a la semilla que ha sembrado.
Oí decir que el mandamiento más importante incluye el amar al prójimo como a uno mismo. Oí que es el primero. Visto así, el camino arranca para el otro lado.

Editorial publicada en la edición del mes de junio de ESTE Periódico Valdense.

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