Mi amigo me recordó la frase sobre la que habíamos conversado hace como cuarenta años cuando leímos “El Pozo”, la primera novela de Juan Carlos Onetti, y no pude menos que acordarme de otra tarde mucho más cercana en La Paz, Colonia Piamontesa.
Las tres y media en un enero como casi todos. La pequeña villa era la materialización de su nombre: la paz total. En las Tipas de la plaza Doroteo García, hasta los tordos dormían la siesta. En las veredas nadie y en las calles menos. Como si salieran de un escenario que parecía pintado, cuatro señoras caminaban rumbo al templo valdense.

—¡Qué estadística!, pensé. —El cien por ciento de las personas que caminan por La Paz van al templo.
Mi yo opositor se despertó enseguida. —Sólo cuatro personas van al templo en este momento.
“Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de
los hechos”, dice Eladio Linacero, el protagonista de la novela que leíamos hace 40 años. “Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”.

Que fueran cuatro era un dato vacío, el significado se lo daría mi intención. Podían ser muchísimas en esa tarde de enero en ese lugar, o podía ser la muestra de que la instancia no convocaba a nadie.
En estos días más que información, lo que tenemos es bombardeo de datos: porcentajes, estadísticas, números, medidas, encuestas. Datos reales y ciertos que no dicen nada, o más bien dicen lo que la intención de quien dice les hace decir. Sin mentir no dicen la verdad.

Un amigo dedicado a los números me dijo una vez que le gustaban porque en ellos se puede confiar: “un cinco es siempre un cinco”.
Pero como el cuatro de las señoras, tiene sentido una vez que se le ha puesto el alma.

En los informativos vemos índices de inversión, productos brutos, monto de exportaciones, infinidad de ceros que la calculadora no puede contener para ponerle precio a las “ayudas” en armas a los países en guerra y que olvidaremos ni bien los hayamos oído sin prestarle atención, cifras de muertos o desplazados, hectáreas de montes quemados, número de damnificados por las inundaciones. Pero suelen ser recipientes vacíos. La verdad de lo que ocurre, por qué ocurre, cómo podría ser que no ocurriera, hasta la vida misma se nos escapa.
Se habla de pobreza, de riqueza, de fuentes de trabajo, de inversiones, de educación, de inflación, de seguridad ciudadana y hay datos para dar razón a los discursos más opuestos. Pero tengo la sensación de que la realidad no queda incluida en ellos.

Es bastante moderna la expresión “realidad paralela” para referirse a esa suerte de virtualidad en la que queda envuelta una forma de entender la realidad que no respira.

La verdad, la verdadera, la que nos hará libres, está mucho más allá de los datos, desparramada en la vida de quienes con nosotros viven. Damos con una partecita de ella en los encuentros cara a cara, en los momentos que se comparten.

Es siempre una búsqueda abierta. Por algo en el Evangelio es futuro, “conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. Lo nuestro no es tenerla, es buscarla.

Publicado en la edición del mes de julio de ESTE Periódico Valdense.

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