Johanna Werner, partera de CAMEC y ASSE lleva unos veinte años acompañando nacimientos. En diálogo con HELVECIA, habló de una vocación que descubrió en la infancia, del respeto por las decisiones de cada mujer y de un vínculo que muchas veces permanece después del parto. “Que a ella le quede el mejor recuerdo de su parto”, expresa.
A veces entra a un lugar y una mujer se acerca para saludar a “su partera”. Otras veces, una madre o un padre le presenta a un niño al que ella ya conoció en sus primeros segundos de vida. “Ella fue la que te vio nacer”, le explican. Para Johanna Werner, esos encuentros son una de las mayores satisfacciones de su trabajo: saber que, además de haber acompañado un nacimiento, quedó en la memoria de una familia con cariño.
“Siempre que veo al niño, me acuerdo de que yo estuve en su nacimiento”, cuenta. Después de unos veinte años de profesión, los partos siguen emocionándola. En ocasiones, hasta las lágrimas. Cada uno tiene algo propio: la reacción de la madre, la emoción de la pareja, el alivio cuando todo salió bien.
Mucho antes de vivir esas experiencias, Johanna ya decía que quería ser partera. Tenía cuatro años y una fascinación por las mujeres embarazadas. Se ponía camisones de su madre, escondía almohadones para simular una panza y miraba libros que explicaban cómo se desarrollaba un bebé. Su madre todavía recuerda aquellos juegos; ella también los tiene presentes.
Una amiga de su madre, Teresa Verrone de Sonderegger, la partera durante años de Nueva Helvecia, alimentó esa curiosidad. A Johanna le encantaba escuchar sus relatos sobre los nacimientos, las pacientes y el trabajo en la sala de partos. Quería hacer lo mismo.
Sin embargo, al momento de elegir una carrera, dudó. Escuchaba que las parteras tendrían cada vez menos trabajo y se preguntó si debía estudiar ginecología. Llegó a cursar un año de Medicina, hasta que reconoció qué era lo que verdaderamente le interesaba: la obstetricia y el acompañamiento del parto. Dejó Medicina y al año siguiente ingresó a la Escuela de Parteras.
La vocación no la libró de las dificultades del aprendizaje. Recuerda las primeras guardias como estudiante, las prácticas acompañadas por docentes y las inseguridades al examinar a una embarazada. La experiencia fue dándole confianza. Aquello que al comienzo parecía difícil de reconocer se convirtió, con formación y práctica, en parte de su tarea cotidiana.
Para Werner, el trabajo reúne dos responsabilidades inseparables: la atención de la salud de la madre y del bebé, y el acompañamiento emocional de la mujer. Hay que observar, controlar y estar atentos a posibles complicaciones, pero también escuchar, explicar y comprender qué necesita cada una.
“A mí lo que me interesa cuando acompaño es acompañarla, escucharla, que a ella le quede el mejor recuerdo de su parto”, señala. Esa intención implica respetar sus decisiones y evitar imponerle una manera única de atravesar el nacimiento.
Su actividad en CAMEC y ASSE comprende distintas instancias de atención. Habla de las guardias, la preparación para el nacimiento y, en su trabajo en ASSE, los controles de embarazo. En ocasiones, recibe durante una guardia a una mujer a la que acompañó en los meses anteriores y que también participó de sus clases. Ese recorrido compartido permite llegar al parto con un vínculo de confianza.
Otras veces se conocen allí mismo. Entonces procura explicarle qué está pasando, escuchar sus temores y ayudarla a transitar el proceso. Los masajes, la respiración, el movimiento y la ducha son algunos de los recursos que menciona al describir ese acompañamiento.
También hay que saber cuándo tomar cierta distancia. Si la mujer se siente contenida por la persona que eligió para estar a su lado, Johanna procura respetar esa intimidad. Si necesita una presencia más cercana y le pide que no se vaya, permanece junto a ella. “Tampoco me gusta invadir”, resume.
Parto humanizado
Al hablar del llamado parto humanizado, su respuesta es directa: “Yo creo que el parto siempre tiene que ser humanizado”. Lo relaciona con informar antes de realizar un procedimiento o administrar una medicación, escuchar las preferencias de la mujer y favorecer, cuando la situación clínica lo permite, que pueda moverse y elegir la posición en la que se sienta más cómoda.
En ese marco, menciona los planes de parto, en los que las mujeres expresan cómo desean vivir ese momento. Según explica, muchas de las solicitudes apuntan a recibir información, evitar intervenciones innecesarias, tener libertad de movimiento y estar en contacto con el bebé después del nacimiento. Para Werner, son decisiones que deben ser escuchadas dentro de una atención que contemple la salud de ambos.
La preparación previa ocupa un lugar central en su mirada
Considera que conocer el proceso ayuda a comprender lo que ocurre durante el trabajo de parto y a afrontar la incertidumbre. Por eso insiste en el valor de las clases y de contar con un espacio donde plantear dudas y temores.
La elección del acompañante también importa. No tiene por qué ser una persona determinada por el parentesco: puede ser la pareja, la madre, una amiga o alguien de confianza. “Ellas tienen que elegir una persona que les dé tranquilidad, que les dé paz, que las pueda ayudar”, sostiene.
En su experiencia, el miedo al dolor aparece entre las preocupaciones de muchas embarazadas. Werner destaca la importancia de poder hablarlo durante la preparación y con el equipo de salud. Al referirse a las cesáreas, reconoce su papel ante situaciones que las requieren y recuerda que son intervenciones quirúrgicas. Su preocupación es que las mujeres lleguen al nacimiento informadas y acompañadas.
También señala que el trabajo exige capacidad de respuesta ante lo inesperado. Un parto que evoluciona sin dificultades puede presentar una complicación, por lo que considera fundamental disponer del equipo y de los recursos necesarios para atender a la madre y al recién nacido. La coordinación con otros profesionales forma parte de esa responsabilidad.
Pero no todo lo que deja la profesión puede explicarse desde los procedimientos. Aunque la mayoría de sus recuerdos están asociados con la alegría, también ha acompañado pérdidas y situaciones dolorosas. Son experiencias que afectan a las familias y conmueven al equipo de salud.
Entre los momentos que la marcaron, recuerda haber acompañado a una mujer que había decidido dar a su bebé en adopción. La angustia de aquella madre la conmovió profundamente. En un momento necesitó salir de la habitación para serenarse; después volvió para seguir acompañándola. La mujer le pidió un abrazo y le agradeció su presencia.
Al recordar esa experiencia, Johanna vuelve a una convicción que atraviesa toda la entrevista: cada mujer llega con una historia que los demás no conocen por completo. La edad, la situación de pareja, las condiciones de vida o las decisiones sobre la maternidad no deben convertirse en motivos de juicio.
“Cada historia es de cada una”, dice, Su tarea es acompañar
Cuando se le pregunta qué le enseñó ser partera, regresa a esa misma idea: “Acompañar sin juzgar”. En la sala de partos se encuentra con mujeres cuyas vidas son muy distintas. Escucharlas y respetarlas es parte de su oficio, tanto como los conocimientos y la experiencia.
Después quedan los encuentros, los saludos y los niños que crecen. Una madre que la reconoce, una familia que recuerda, alguien que se acerca para presentarle a aquel bebé que recibió años atrás. Allí Johanna encuentra una respuesta sobre el valor de lo que hace: haber estado presente en un momento irrepetible y que esa presencia sea recordada con afecto.
Por Luciana Demaría.











