La Sala fue inaugurada el 15 de enero de 1915, por la familia Nemer, en el emblemático edificio ubicado en la esquina de Luis Dreyer y 25 de Agosto de Nueva Helvecia, declarado Monumento Histórico Nacional.
Esta primera etapa se cerró en 1983, hasta su reapertura, en 1998, si bien hubo un interín, entre 1993 y 1996, cuando abrió temporalmente a cargo de la Comisión de Padres del Jardín de Infantes Nro. 140, que buscaba recursos para construir su local propio.
Alcanzado ese cometido, el cine volvió a cerrar.
El edificio se puso en venta por lo que, la Comisión de Cultura de Nueva Helvecia, ante la eventualidad de perder la Sala, generó un movimiento popular para lograr la compra de su cine.
En enero de 1998 se firmó la compra-venta. Desde entonces, hasta abril, se procedió al reacondicionamiento, tarea que contó con la colaboración de varias Instituciones locales.
Reapertura
El 16 de abril de 1998, tras la constitución de una Asociación Civil para administrar la Institución, el cine reabrió, con la proyección de “Titanic”, a sala llena.
La reapertura conmovió a la sociedad local y trascendió sus límites y los del país.
La crisis económica de 2002, motivó que no se pudiera cumplir con los pagos del precio pagado por la compra, y el cine se puso nuevamente a remate.
Tras negociaciones con el Ministerio de Transporte y Obras Públicas y la Intendencia, se cancela la deuda en forma total y definitiva.
Con la ayuda de los «Fondos para el Desarrollo de Infraestructuras Culturales en el Interior del País» se logró en 2010 el reacondicionamiento de la sala, en el que destaca la mejora en la calidad del sonido.
A mediados de 2015, el cine logró adquirir un nuevo sistema de proyección: el viejo proyector Philips FP5 modificado, con el cual se habían proyectado películas hasta principios del año anterior, se sustituyó por uno digital de última generación, el Barco DP 2000 con tecnología DLP que permite proyectar en 3D, lo que colocó al cine al nivel de las mejores salas del país.
La sala es única en una zona de más de dos mil kilómetros cuadrados, área en la que están comprendidas las localidades de Rosario, Colonia Valdense, La Paz y Cufré, entre otras, y en la que habitan más de sesenta mil personas.
Cinema Paradiso
La reapertura del Cine Helvético tuvo repercusión mundial.
El diario argentino Clarín publicó en su momento una nota sobre el «rescate» del cine. Esto catapultó al Cine Helvético a nivel internacional al punto que el Cine Club Santa Fe registró en un film su reapertura. Por aquellos días, se hacía frecuente referencia a la película italiana “Cinema Paradiso”, de 1988, que relata una historia de amor por el cine de un pueblo de la Italia de postguerra.
Mirada de ojos asombrados
Recordando aquel 16 de abril de 1998, HELVECIA transcribe tramos de un artículo escrito por un periodista argentino, Juan Carlos Otero, que no pudo resistir venir a Uruguay a comprobar una historia que parecía increíble:
“Me obsesionaba encontrar la historia distinta: aquella que tuviera pasión, personajes queribles, fuera motivadora de otras posibles proezas, no sucediera en la otra punta del globo terráqueo y por supuesto que tuviera el rasgo esencial de ser una noticia.
Un día, como de la nada, apareció. ¡Y cumplía con todos los requisitos!
Alguien vino, me tocó el hombro, dejó un recorte de diario sobre mi escritorio y me dijo: acá tengo algo que me parece que te va a encantar. ¡Y vaya si me gustó!
Excitado iba leyendo y no podía creerlo. Tenía que parar cada tanto para tomar aire.
Le sobraba pasión por todos lados. Aquella que movilizaba a todo un pueblo detrás de la utopía: la de reabrir un Cine.
Dos días después del descubrimiento y mientras me subía al Buquebus junto con mi camarógrafo,me preguntaba ¿por qué lo hacían? Imaginé que algunos buscarían revivir viejas épocas, otros poder disfrutar lo que sus mayores les habían contado que sucedía en aquellos lugares oscuros y en los que multitudes miraban todos para el mismo lado, se reían y suspiraban a coro, se secaban lágrimas a escondidas, aprovechaban para acercar su mano a la de esa chica que tanto les gustaba. Y quizás hubiera otros que lo hacían para jugarle una pulseada al destino, aquel que dice que Goliat siempre gana.
Personajes queribles aparecían por todos lados. Los que se autoconvocaron en asambleas populares donde se generó la idea de la Asociación Civil, los que recaudaron peso sobre peso caminando el pueblo, y también los que pusieron los primeros billetes comprando un sueño.
Convencer a mis superiores de viajar a Uruguay no fue tarea difícil, tenía tal emoción al contarles de que se trataba que no podían decir que no.
(…) Llegué el 18 de abril de 1998. Hacía algunos días ya había reabierto formalmente sus puertas el Helvético. El sol estaba cayendo cuando arribamos a Colonia Suiza Nueva Helvecia. Me deslumbró la belleza del lugar, su sencillez, armonía, orden y limpieza. Pero lo que mas me asombró hasta la emoción fue la multitud que había en la esquina del cine. Era increíble, había miles de personas. El millar que iba a entrar a la función, el otro millar que recién salía de la anterior y los curiosos, que eran muchos más que los otros dos grupos juntos. El clima era de fiesta, la sensación era la de estar en el lugar mas feliz del
mundo.
Ya con micrófono en mano empezamos con las notas. La mujer de la taquilla, con una sonrisa que no le entraba en la cara nos decía que no quedaba ni una entrada para ese día, tampoco para el siguiente y para no se cuanto tiempo más.
El acomodador me hablaba de su antecesor, un hombre ya mayor. No recuerdo si era su padre o su abuelo, un señor quien miraba asombrado lo que pasaba. No solo por el gentío, sino porque veía a un tal Juan quien iba de la mano de su mujer y sus hijos. El viejo acomodador me decía algo que sonaba a secreto guardado por años: “pensar que Juan me pedía que dejara un lugar vacío a su lado, que lo dejara reservado para cuando llegara la chica que hoy iba con él, convertida en su esposa”.
(…) Hicimos notas e imágenes de apoyo hasta que la luz por fin se apagó.Nos fuimos a la calle para retratar la otra fiesta. Y al rato subimos hasta la cabina del proyectorista.
¡Allí sucedió el milagro! Pasó lo que nunca antes había pasado. Hasta en eso el Helvético era único.
El proyectorista se llamaba Carlos le decían Chorly. Era un viejo habitante de esa cabina, porque de chico amaba ver los films desde la ventanita que daba a la sala. Ante la necesidad de alguien que supiera manejar esas máquinas añejas, a las que nadie sabía ni siquiera como enhebrar la cinta, le habían dando empleo. Estaba feliz, emocionado, hasta nervioso. Su cuerpo inmenso sentía que era más grande aún.
(…) Le pedimos a Chorly hacerle un reportaje. Accedió. Pero nos pidió un minuto. Tenía que cambiar de cinta en el proyector. Lo vimos colocar una en una de las máquinas, algo nada fácil, acomodar la que sacaba de la otra, rebobinarla dándole a brazo partido con una manivela, meterla en una de las latas redondas de aluminio de unos 40 centímetros de diámetro y ahí si se dispuso para la nota.
(…) De pronto nos pidió interrumpir el reportaje. Salió volando hacia la mesa, tomó la lata vacía (aquella que había contenido la fracción de película que se estaba proyectando) y se agarró la cabeza. Solo decía: “no lo puedo creer, no lo puedo creer”, emocionado cumpliendo su sueño.
Lo dejamos a Carlos golpeándose la frente con la palma de la mano y bajamos al hall. Poco después terminó el film y la gente empezó a salir. (Juan Carlos Otero)










