Y la epidemia continúa.

La pandemia está en boca de todos y todos llevamos la boca tapada.

Aislamiento y quietud. Empezando por la ausencia de clases y los juegos del parque precintados. Qué imagen surrealista. Niñas y niños tras las ventanas. Y sin poder correr entre las hojas crujientes del otoño entre sus amigos.

Estamos de entrecasa, redescubriendo rincones y apreciando qué bonito se está adentro, con más silencio, con menos agenda…

Ahora parece que sobra el tiempo y estamos empezando a conocer el concepto de “presente continuo”.

En lo personal, esta casi-quietud no me estresa ni agobia. Claro que siento los recortes a la libertad, la imposibilidad de compartir un mate, y la falta de abrazos en la calle, en el templo o con los pacientes, pero este tiempo de coronavirus no me resulta de encierro, gracias a los libros. No tengo dudas: entre los artículos y actividades de primera necesidad deben estar las librerías.

Cuando este paréntesis pase (porque pasará, claro) tal vez veamos el gran error de considerar a la industria editorial como no esencial.

En España o en la Argentina, cuando recientemente se elaboró la lista de medidas y actividades esenciales, no figuraban las librerías ni se consideró la venta presencial de libros como artículo básico. Para mí es una herida que drenará mucho más allá de la salida de esta etapa de confinamiento. Cuando regresemos a lo que entendemos por normalidad deberemos volver a educarnos en los placeres perdidos: hoy –entre otros aspectos– está en juego la salud de las librerías, las editoriales, los papeleros, los diseñadores, las imprentas, los distribuidores y de tantos eslabones más de la cadena, pero lo más grave: se hunde el hábito de recorrer anaqueles, el placer de hablar con un librero experimentado, la oportunidad de la recomendación de un título. Con el cierre de las librerías, los lectores estamos desprotegidos de la medicina que huele a papel y a tinta…Sí, está la venta online, pero no es lo mismo. La tecnología se está fagocitando el amor por el libro en papel y no todo se resuelve por whatsapp y zoom. El amor por el libro tiene sus rituales…

Hagamos reserva (como con las latas y los fideos) de libros: ficción, biografías, ciencia, investigaciones. Menú rico y variado…

Ejercitemos el hábito de tocar las tapas lustrosas, oler a nuevas ediciones, recordar eventos del ayer con el aroma a papel viejo.

Disfrutemos del grosor de una página ilustrada, del tamaño de las letras en un título, de las fotos en las solapas.

Viajemos a las librerías: abren paisajes, inventan mundos, ofrecen aire limpio de miedos porque los libros son llaves de libertad.

En Colonia Valdense ha cerrado la Librería Morel, qué pena, qué pérdida…

El Universo siempre se equilibra y, en estos tiempos de pandemia, ha reabierto Helvecia Libros. ¡Celebremos!

Hago un llamamiento a reducir el impacto que la actual crisis sanitaria dejará sobre el sector y que caerá como lluvia ácida sobre quienes amamos esos espacios vitales que son las librerías. No podemos darnos el lujo de perderlas en nuestros barrios y pueblos. Los libros son de primera necesidad. Los libros también se comen. Nos alimentamos leyendo.

Diana Paris

3 COMENTARIOS

  1. Querida Diana PARIS sou Gabriella Gorreta Hugo, sobrina de Casal Beck y mi mama Nora Hugo Gugelmeier de Gorreta. fue campeona en Brasil, donde vivo a 46 anos de la venta de lá Enciclopédia Britannica do Brasil, hoy tiene 81 anos. Te puedo ayudar a que no mueran Las librerias. Soy abogada formada en el 1992 por lá PUC DE SAO PAULO Y ME GUSTA ESTUDIAR COLOCANDO LAS MANOS EN LOS LIBROS Y ESCRIVIR A LÁPIS. PUEDO APAGAR LO QUE ESCRIVO Y ESCRIVIR UNA NUEVA HISTÓRIA. GRACIAS POR TU SENSIBILIDAD

  2. Qué maravilla hubiese sido que saliera el Presidente anunciando que abrirían las librerías antes que las barberías! 🙂 Un saludo desde Granada. España.

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