Tal vez les extrañe un poco el título, pero tiene su explicación como todo en este mundo. Sucedió en la vecina ciudad de Rosario, a principios de los años treinta. Por aquel entonces mis abuelos y tíos vivían allí. Uno de mis tíos, René, el penúltimo, entonces casi un adolescente, solía ser muy bromista.
Había una vecina muy mayor de las que el vulgo califica de “vieja santurrona”. Todos los domingos puntualmente iba a la Iglesia. Tenía una perra que siempre la dejaba en el patio. Mi tío, compadecido pensó ¡Pobre animal!, voy a hacer que viva!

Mi tío se e hizo amigo de un perro que no era de raza fina, era callejero y basta! Mi tío sabía perfectamente cuanto tiempo estaba esa señora en misa conversando con las amigas a la salida.

Un domingo esperó un tiempo prudencial y después, hablando en criollo, “le metió el perro”, y pasó lo que tenía que pasar. Y después lo sacó de ahí. Al cabo del tiempo correspondiente, la perra tuvo cuatro perritos.

¡Milagro, nunca había andado con ningún perro! decía la asombrada dueña. Las amigas tan asombradas como ella decían lo mismo. Mi tío se reía por lo bajo. Hasta el fin de sus días esa señora creyó a pies juntillas en el “milagro perruno”.

Todos los perritos eran el vivo retrato del padre, que siguió sembrando el pueblo de perritos como él.

Por Gabriuel Nemer para HELVECIA.

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