Eduardo Appoloni (36 años), contador público y nadador de aguas abiertas, cuyas hazañas han dado vuelta el continente, nos recibió en su casa. En medio de la tranquilidad de su hogar conversamos con el fin de conocer un poco más este personaje, capaz de soportar horas y horas nadando con el fin de superarse a sí mismo, compartiendo esta pasión con su familia.
Nacido en Rosario en setiembre de 1987, Appoloni recuerda que vivió una infancia feliz en Nueva Helvecia. Se crió entre el colegio y a la vuelta del supermercado de sus padres, donde ahora tiene su estudio de contador. Ya de pequeño era deportista, frecuentaba el Club Plaza donde jugaba al basquetbol, su otra pasión, hincha de Artesano…y al Club Nacional para nadar.
Con el paso del tiempo, cuando terminó preparatorio se fue a estudiar a Montevideo y dejó la natación de lado. Pero al volver a Nueva Helvecia y formar su familia cuando nació su primer hijo, Francesco, volvió a las piscinas. Al niño le gustaba al agua, y Appoloni pensó que sería una buena idea volver a entrenar así poder competir y jugar con él.
Pero pronto las piscinas le quedaron chicas y quiso romper límites. Fue así como encontró dentro de la natación la disciplina de nadar en aguas abiertas. Las travesías de larga distancia le fueron atrapando. En la piscina se aburría y llegaron los primeros desafíos. Primero junto a un equipo de nadadores cruzó el Río de la Plata de Colonia del Sacramento a Punta Lara. Luego llegó la hazaña de nadar 36 km desde Leme a Pontal en Río de Janeiro, a mar abierto. Esta vez fue solo y cumpliendo con el estricto reglamento de no tocar una embarcación. Si lo hace, quedaba descalificado.
Al preguntarle qué prefería si entre nadar en agua salada o dulce, dijo que le da lo mismo. Explica que en agua salada en más fácil flotar, pero tiene más riesgos con la fauna. En su travesía por Río de Janeiro el mayor inconveniente fueron las aguas vivas que le picaban. Nada solo con su malla. El nadador explica que una de las exigencias que debe cumplir para la Triple Corona Sudamericana, es nadar en malla. Solo se permite el traje de neopreno en el sur de Argentina, donde las temperaturas son muy bajas.
Pero para Appoloni el logro más grande que tiene es su familia.
A nivel deportivo explica que el éxito no está en nadar por ejemplo los 36 km, sino en todo el proceso que implica llegar a cumplir la meta. Ese proceso te mantiene enfocado en un objetivo e instaura una disciplina que incluye el entrenamiento. Lo mismo que un estudiante tiene que estudiar para salvar un examen.
Cuando le preguntamos qué se siente nadar en medio del mar, Appoloni contesta que te sentís que no sos nada y a la vez todo. Lo que más disfruta de las horas nadando, es el silencio. Después aparecen mil cosas en la cabeza, la familia, cuestiones de trabajo, la vida misma.
Cuenta que nadando en Río de Janeiro, tenía que resolver un asunto de trabajo que lo tenía enredado, pero encontró la solución mientras nadaba y le dijo a la persona que estaba arriba del barco: “mirá, me tengo que acordar de tal cosa” y lo solucionó con éxito. Nunca pensó en medio de sus travesías en abandonar.
Ahora se está preparando para su próximo objetivo: cruzar el Río de la Plata en formato individual. 40 km en línea recta. Siempre acompañado por un equipo de profesionales que se encargan de mantenerlo fuera de peligro, porque luego de pasar muchas horas en el agua corres riesgo, valga la redundancia de deshidratarte, además de parar cada tanto para alimentarse según indican su nutricionista. La ventana para atravesar solo el Río de la Plata está prevista entre el 20 y 30 de enero, cuando las condiciones climáticas lo permitan.
Ahora, ¿en qué se parece ser contador a nadador? Luego de una risa muy afable, reflexiona que el nadar se parece más a emprender, porque el emprendedor se fija un objetivo y lo cumple. En cambio, cuando nada, descansa el cerebro, y cuando trabaja, descansa el cuerpo.
- FOTO: La familia Appoloni-Mariño. Eduardo junto a Alfonso, Natalia y Francesco.
Por Luciana Demaría Artola









