Desde Suiza, oriundo de Ginebra, llegó a Nueva Helvecia. Mateo Ybarra, cineasta documental suizo de padre uruguayo, visitó Uruguay con motivo de la proyección de su segundo largometraje Camp d’été en Cinemateca Uruguaya, y se encontró no solo con una audiencia cálida, sino también con sus propias raíces. Conversamos con él sobre sus documentales, su historia familiar y las conexiones invisibles que unen a Suiza con Uruguay.

Mateo nació en Ginebra, pero lleva a Uruguay en la sangre. Su padre, el pintor Daniel Miguel Ybarra, se fue del país a los 17 años y terminó formando familia en Suiza. “Crecí con una mezcla de culturas. Esa mirada mixta es parte de cómo filmo”, dice Mateo.

De ese cruce de caminos nace la identidad múltiple de este cineasta que hoy presenta en Uruguay su documental, sobre un enorme campamento scout suizo que se celebra cada 14 años. En él participan más de 30 mil jóvenes, casi todos suizos, en una experiencia de convivencia, aprendizaje y ritual colectivo. Mateo retrató esa vivencia con una cámara atenta a los gestos, a los modos en que se enseña -y se aprende- a vivir en sociedad.

No es casual que haya elegido esa temática. Su primer largometraje documental, Lux, ya se había adentrado en otra institución formadora: el ejército suizo. Durante diez días filmó un ejercicio militar que simulaba un ataque anticapitalista al aeropuerto de Ginebra. “Me interesa explorar las estructuras sociales suizas desde adentro”, dice. Y esa mirada, asegura, tiene mucho que ver con su herencia uruguaya: “No creo que pudiera hacer las películas que hago si no tuviera también el punto de vista que me dio mi padre”.

Mateo fue invitado a Uruguay por Cinemateca, sin que nadie supiera de su vínculo familiar con el país. Para él, fue una sorpresa emocional enorme. Su padre solía frecuentar Cinemateca uruguaya, y fue quien le transmitió la pasión por el cine. Regresar ahora, con su propia obra, fue como cerrar un círculo: “Fue muy simbólico, muy emocional. Volver con una película a la Cinemateca, donde mi padre descubrió el cine, es un honor”.

Durante su visita, también conoció por primera vez nuestra ciudad, Nueva Helvecia, fundada por inmigrantes suizos en el siglo XIX. Años atrás, en Ginebra, una uruguaya le había regalado un antiguo libro sobre la historia de esta colonia. Desde entonces, soñaba con conocerla. “Es muy especial estar acá. Vi los escudos de los cantones en las casas, la arquitectura… Hay una herencia viva, tangible”. En su recorrida, guiada por la presidenta del Club Suizo de Nueva Helvecia, Mateo visitó diferentes puntos de la ciudad, la redacción de Helvecia, la Escuela del Hogar, el Cine Helvético, la Plaza de los Fundadores y estará presente en la cena del 26 en el Centro Helvético.

El próximo proyecto de Mateo ya tiene forma: será un documental sobre la última escuela de buenas costumbres femeninas de Suiza. Estas instituciones, que enseñaban a las mujeres cómo comportarse en sociedad, fueron comunes en los años 50 y 60. Hoy sólo queda una. Curiosamente, encontró un paralelismo en las “Escuelas del Hogar” de nuestro departamento, gestionadas por mujeres que ofrecen cursos de tejido, computación, artesanías y más. “Me pareció un vínculo fascinante. Son puentes inesperados entre dos países que llevo dentro”.

Mateo no descarta volver para filmar una historia sobre las raíces suizas en Uruguay. Sabe que en Nueva Helvecia hay productores queseros, tradiciones, y formas de vida que dialogan directamente con la Suiza actual. “Estoy aquí también para construir lazos. No sólo por herencia, sino porque el cine puede tender puentes donde antes había solo distancia”.

Mientras se despide, menciona que tiene familia en Montevideo y en Playa Verde, Maldonado. “Veníamos cada cuatro años, hasta que llegó la pandemia. Ahora es como volver con otro propósito, con mi propia voz”.

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