Hoy se cumplen 200 años de aquel hecho histórico para nuestra patria que fue la Declaratoria de la Independencia. El proceso en el que se enmarca este acontecimiento tiene sus comienzos en las revoluciones orientales de 1811, al mando de nuestro prócer José Gervasio Artigas, y culmina con la Jura de la Constitución en 1830. La independencia de la Banda Oriental debe entenderse como una sucesión de hechos que no fueron casuales, sino que estuvieron guiados por un profundo sentimiento de reclamo de soberanía. En este sentido, las Instrucciones del Año XIII fueron una clara manifestación de la voluntad de los orientales de decidir el destino de su pueblo.
Tras el desembarco de los Treinta y Tres Orientales en abril de 1825, aquel pequeño grupo de valientes hombres dirigidos por Juan Antonio Lavalleja juró liberar la patria y, bajo una bandera que proclamaba “Libertad o Muerte”, se levantó en armas en la campaña de la Banda Oriental, logrando una serie de victorias que desembocaron en la Declaratoria de la Independencia. Luego de tomar el control de casi todo el territorio oriental, se instaló un Gobierno Provisorio en la Villa de la Florida, que convocó a una Sala de Representantes con delegados de los pueblos, encargada de redactar las leyes fundamentales del incipiente Estado. Esta Sala nombró a Lavalleja como Gobernador General de la Provincia Oriental.
El 25 de agosto de 1825 la Sala dictó la Declaratoria de la Independencia, aprobando tres leyes fundamentales: la de Independencia, la de Unión y la de Pabellón. Se declaró a la Provincia Oriental independiente del rey de Portugal, del emperador de Brasil y de cualquier otro poder extranjero. Con la ley de Unión se decidió permanecer unidos a las provincias hermanas de Sudamérica, reviviendo el afán de la Confederación Artiguista como parte de un proyecto nacional que reconocía la voluntad de construir una patria grande. Con la ley de Pabellón se estableció un símbolo de identificación propio.
La Declaratoria de la Independencia fue la continuación de la lucha de Artigas por la soberanía y significó el punto de partida en la construcción de una identidad nacional. Ese hecho definió a Uruguay como nación independiente y, aunque mediaciones extranjeras colaboraron posteriormente en la consolidación de ese deseo, la voluntad oriental de ser soberanos se mantuvo incólume. Desde entonces, los orientales comenzaron a forjar institucionalmente valores como la libertad y la igualdad, pilares de nuestra identidad.
A lo largo de la historia, la construcción de esa identidad ha sido el gran sueño de los orientales: vivir en una sociedad libre e igualitaria. La historia del mundo moderno ha sido la lucha entre libertad e igualdad, entre cuánto se está dispuesto a ceder de una en beneficio de la otra. En Uruguay, esa tensión se resolvió en la búsqueda del equilibrio. Somos un país que, desde antes de constituirse formalmente, ya contaba con políticas sociales, como lo demuestra la distribución de tierras impulsada por Artigas. Esa combinación de libertades civiles y derechos sociales es el sello distintivo de nuestra identidad nacional.
Ser orientales significa no solo ser libres, sino también construir una comunidad socialmente justa. Desde el nacimiento de la nación, la institucionalidad y el respeto a las leyes para asegurar esa identidad fueron una obsesión, y es responsabilidad de cada ciudadano, desde la escuela hasta los espacios de poder, guiar sus acciones bajo las ideas de libertad y de igualdad social.
Hoy recordamos a los orientales que soñaron con una patria soberana y dieron su vida por ella, que tuvieron victorias y derrotas, pero finalmente lograron la independencia de nuestro territorio. Somos independientes y construimos nuestra identidad a partir de todo lo hecho desde 1811 hasta hoy, sin olvidar que todo comenzó con el sueño de José Gervasio Artigas, quien nos enseñó que personas humildes, en lugares pequeños, pueden lograr cosas enormes si no abandonan sus sueños.











