A los siete años ya acompañaba a sus padres en escenarios y celebraciones familiares, marcando el inicio de una vida inseparable de la música. Hoy, al cumplir 50 años de trayectoria, Edgardo Nieves repasa un camino que combina estudio, versatilidad y emoción, transitando géneros tan diversos como el jazz, el tango, el folklore y el rock. Con raíces en una familia profundamente musical y una vocación que nunca se apagó, hoy mantiene intacta la convicción de que la música es un puente con los demás, una forma de vida y un legado que se transmite de corazón a corazón. El próximo 11 de octubre, el Cine Helvético será escenario de un merecido homenaje a su trayectoria, en lo que promete ser una noche histórica para la música y la cultura local, reuniendo a colegas, amigos y público en general para celebrar la vida artística de uno de los grandes referentes de la región.

“La música era el aire en mi familia”, dice a HELVECIA con una sonrisa. Y no exagera: su padre fue músico en una reconocida orquesta tropical de los años cincuenta y sesenta; su madre, profesora de música y pianista. El destino los unió en la radio: ella conducía una audición de piano dedicada al tango en Radio Berna, mientras que él acudía al mismo estudio para grabar con su grupo. De ese encuentro nació no solo una historia de amor, sino una familia en la que la música ocupó siempre un lugar central.
La casa de los Nieves fue un hervidero de sonidos y melodías. Allí, Edgardo recibió las primeras lecciones: unos acordes de guitarra enseñados por su padre, unas escalas en el piano transmitidas por su madre, y la compañía de su tía, también vinculada a la enseñanza musical. “Ellos me dieron las bases, pero enseguida empecé a tocar mucho de oído. Mi madre siempre me repetía que había que aprender la técnica, poner bien los dedos, estudiar escalas. Y aunque a veces me costaba, con el tiempo entendí cuánto tenía razón”. De niño acompañaba a sus padres en celebraciones y reuniones sociales, cuando aún no se usaban equipos de sonido sofisticados. “Con una guitarra, un acordeón y la batería alcanzaba. No existían las exigencias de sonido que hay hoy. Y el público disfrutaba igual, porque lo que importaba era el contacto humano, la cercanía”, recuerda. Esa comunicación con la gente es, para él, la esencia de la música.

Encuentros y aprendizajes
Ya en la adolescencia, la música lo fue acercando a figuras reconocidas. Durante un verano, compartió escenario con un baterista del legendario grupo Totem, donde brillaba Rubén Rada. “Eso fue un aprendizaje enorme. Estar cerca de esos músicos me abrió un mundo y me mostró que la música no tiene límites, que se puede explorar y crecer todo el tiempo”.
En paralelo, buscó perfeccionarse en estilos que lo atraían especialmente, como el jazz y la fusión. “En esos años era muy difícil encontrar material de estudio. No había libros ni profesores a mano, todo se transmitía de forma oral. Conseguí después el Real Book de Berklee, que me abrió la cabeza. Pero al principio me llevó casi dos años encontrar alguien que me enseñara los primeros tonos de jazz”. Ese esfuerzo por formarse lo acompañó siempre: “El oído ayuda, pero no alcanza. Hay una técnica detrás que hay que dominar”.
Su versatilidad lo llevó a moverse con soltura entre distintos géneros: tropical, jazz, tango, folklore, rock. “Me gusta todo: lo importante es hacerlo bien. A veces se desprecia a músicos por tocar determinado estilo, pero yo creo que la calidad no depende del género sino de la entrega. Hay músicos excelentes en la cumbia, en el rock, en el tango. Lo esencial es la comunicación y la autenticidad”.

Una vida entre escenarios
Edgardo transitó escenarios en toda la región. Pasó veranos en Punta del Este y Atlántida, integró bandas de rock en Montevideo, acompañó coros locales y formaciones como Los Cantores de la Colonia Suiza, con quienes recorrió desde lo barroco hasta lo popular. También formó y refundó grupos familiares, como la banda Los Brillantes, con la que mantiene un vínculo afectivo y musical que atraviesa generaciones, incluyendo a su hijo, hoy también músico en Montevideo.
En el recuerdo desfilan anécdotas que parecen de novela: grabar en estudios junto a sonidistas de Jaime Roos, compartir charlas con músicos de Maná después de un recital, acompañar a artistas como Valeria Lima o integrar producciones televisivas. Una de las experiencias más significativas fue interpretar el Himno Nacional en su tono original. “Nunca me puse tan nervioso. Es una responsabilidad enorme. Algunos lo bajan de tono para facilitar, pero yo lo toqué en la tonalidad original. Ese día sentí un compromiso como pocos en mi vida”.
La enseñanza más profunda, sin embargo, le llegó de su padre. Incluso en el tramo final de su vida, enfermo de cáncer, siguió saliendo a los escenarios con un güiro artesanal hecho de un mate. “No dejó de tocar hasta que quedó postrado. Esa entrega es un ejemplo que me acompaña siempre”.

Entre la música y el derecho
En 2002, cuando la crisis económica golpeó con fuerza, Edgardo tomó otro rumbo profesional al incorporarse como abogado a la Intendencia. “No lo buscaba, pero llegó. Y me dio estabilidad, porque la música es maravillosa, pero también muy inestable. Hay que saber combinar las pasiones con la vida cotidiana”. Sin embargo, nunca dejó de tocar. La música, dice, “es una forma de vida”, aunque reconoce que los caminos han cambiado con las nuevas tecnologías, la difusión digital y hasta la inteligencia artificial. “Puede ser una herramienta, pero el talento sigue siendo la diferencia. Eso no lo sustituye nada”.

Una mirada hacia atrás y hacia adelante
Al cumplirse sus 50 años de trayectoria, Edgardo repasa su recorrido con humildad. No habla de logros personales ni de éxitos medidos en cifras, sino de momentos compartidos, de aplausos, de recuerdos que la gente le devuelve. “Lo más valioso es el contacto con el público, generar emociones, ser parte de la memoria de la gente. Eso es lo que me sostiene y me da ganas de seguir”.
Su carrera, atravesada por escenarios diversos y por una profunda versatilidad, muestra que la música puede ser al mismo tiempo pasión, oficio y legado. Un legado que se sostiene en la constancia, el estudio y la entrega, pero sobre todo en una convicción: la música es un puente con los demás, y mientras haya público, ese puente nunca se rompe.

Imperdible espectáculo. El 11 de octubre. 20.30 horas en el Cine Helvético.

Por Luciana Demaría.

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