En plena pandemia, un grupo de mujeres de las playas del este coloniense -Fomento, Playa Azul, Britópolis, Parant y alrededores-, encontró en la lectura una forma de resistir al aislamiento. Lo que empezó como un intercambio de cuentos por WhatsApp, propuesto por su profesora de yoga y pilates, se transformó en un refugio de voces, afectos y aprendizajes. Desde entonces, cada noche, Susana Negrín lee en voz alta y Amalia Carbajal acompaña con biografías y datos de los autores. Cinco años después, aquellas lectoras siguen unidas por los libros, compartiendo novelas, historias y emociones que cruzan fronteras y mantienen vivo el poder de la palabra.

La propuesta fue de su profesora, Analía Pita, quien sugirió abrir un espacio con una finalidad distinta: compartir cuentos. Así se formó un pequeño grupo de diez integrantes, entre ellas Susana Negrín, quien se ofreció a leer en voz alta cada noche, y Amalia Carbajal, encargada de acompañar cada lectura con la biografía del autor.

“Me gusta mucho leer, pero también toda la actividad que implica la búsqueda y preparación de cada texto”, recuerda Negrín. Desde el primer día, cada cuento fue acompañado por el nombre del autor, su nacionalidad y sus fechas de nacimiento y fallecimiento. Al día siguiente, el grupo conversaba en el chat sobre el texto leído. “La propuesta resultó muy exitosa —cuenta— porque no solo nos mantuvo comunicadas en un momento difícil, sino que nos permitió pensar, aprender, soñar”.

De los cuentos a las novelas, un viaje compartido
Con el tiempo, el grupo fue creciendo en confianza y ambición literaria. A los cuentos se sumaron textos más extensos, divididos en varias noches de lectura, y luego novelas completas leídas por capítulos. La primera fue Cielo de tambores, de la escritora argentina Ana Gloria Moya, “un verdadero éxito”, recuerdan. Desde entonces, el grupo alterna entre cuentos y novelas, explorando autores y estilos diversos.

Carbajal comenzó a elaborar biografías más completas de los escritores, acompañadas de comentarios propios o de especialistas. Así, la experiencia se volvió no solo emocional sino también formativa. “Aprendimos mucho sobre literatura uruguaya y latinoamericana —dice Negrín—. Conocimos a los grandes nombres de nuestra narrativa y también a autores locales, como Raddy Leizagoyen, cuyas estampas pueblerinas nos acercaron más a nuestra realidad”.

La diversidad fue una constante: cuentos de Eduardo Acevedo Díaz, fragmentos de Ismael y Nativa, textos de Juana de Ibarbourou, Benedetti, Galeano, María Esther Gilio, Rodó, entre muchos otros. También leyeron a Rulfo, Cortázar, Guimarães Rosa, Pedro Lemebel. “La riqueza literaria que descubrimos fue asombrosa -dice-. No se puede quedar indiferente después de leerlos”.
Para Susana Negrín, leer en voz alta tiene un sentido profundo. “Es ser la voz del escritor, recuperar esa voz silenciada en el libro. Tiene algo de mágico”, confiesa. Cada lectura es también un ejercicio de empatía y reconstrucción: “Leer un fragmento de una tragedia riega puede significar resucitar el pensamiento de un ser humano que vivió hace siglos. Eso te obliga a posicionarte en su realidad y te enriquece como persona”.
Durante la pandemia, esa práctica adquirió un efecto casi terapéutico. “Tiene un efecto sanador, reconfortante, productivo —explica—. En esta etapa de la vida, después del trabajo y con las pérdidas afectivas que suelen llegar, mantenerse activo y aprendiendo es fundamental”.

El grupo, pequeño e íntimo, se mantuvo cerrado incluso después del confinamiento. “Decidimos no ampliarlo para preservar la confianza y la cercanía. Somos casi las mismas desde el inicio, y eso ha permitido que se formen vínculos profundos”, explica. No obstante, cada integrante puede compartir los cuentos con otras personas, y muchas lo hacen.
Con el regreso a la presencialidad, las integrantes retomaron las clases de yoga y pilates, y comenzaron a encontrarse también fuera del grupo virtual: almuerzos, salidas culturales y encuentros en sus casas. “Seguimos hablando de literatura en cualquier momento”, cuentan entre risas. Incluso expandieron su propuesta: hoy comparten lecturas por WhatsApp con mujeres de Montevideo, Lascano, Santiago de Chile y Buenos Aires.

Entre los libros más recordados mencionan El ardor de la sangre y Los perros y los lobos de Irene Némirovsky, El viaje de Armando Sartorotti, Asesinato en el Hotel de Baños de Juan Grompone, y El infinito en un junco de Irene Vallejo. “Este último nos impactó profundamente —dice Negrín—. Relata la historia del libro desde su origen, y reflexiona sobre las quemas de bibliotecas a lo largo del tiempo, aquellas que ardieron por accidente y las que fueron destruidas para silenciar a los autores”.
El momento más emotivo ocurrió una mañana cualquiera, cuando Negrín vio acercarse a su casa a un grupo de personas que se detuvo frente a la puerta. Eran familiares de una vecina, llegados desde Buenos Aires, que querían conocer a “la que leía los cuentos de Don Verídico”. “Fue conmovedor -recuerda-. Ahí comprobé que lo que se comparte en las redes sigue caminos insospechados”.
Hoy, cinco años después, el grupo sigue activo. Las lecturas y los comentarios continúan generando aprendizajes que trascienden lo literario. “Esta experiencia nos confirmó que somos seres gregarios, que solo nos construimos entre todos”, reflexiona Negrín. “El grupo educa, no juzga; anima, no castiga; acepta al otro y aprende de sus diferencias”.

Para ella, la enseñanza más valiosa la resume con palabras de Irene Vallejo: “Necesitamos conocer culturas extrañas y diferentes, porque en ellas encontraremos reflejada la nuestra. Solo entenderemos quiénes somos si nos miramos en el otro”.

En ese espejo compartido, hecho de cuentos, voces y afectos, estas diez mujeres siguen encontrándose cada noche, unidas por la lectura y por la certeza de que las historias —cuando se leen juntas— también pueden salvarnos.

Por Luciana Demaría

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