Este martes, el Municipio y la Comisión de Cultura de Nueva Helvecia recordarán este hecho trascendental en la historia de nuestro país, depositando una ofrenda floral al pie de su monumento a la hora 11.
En esta oportunidad, en representación del Club Leones de Colonia Suiza, ofrecerá un mensaje alusivo a la fecha, Presidenta Anabel Dalmás Peters.

El 19 de Junio de 1764 nace quien sería el Prócer de nuestro país, don José Gervasio Artigas Arnal, nieto de uno de los primeros pobladores de Montevideo.
Quizás no exista en los anales de la humanidad, un héroe nacional más controvertido, más polémico y, sin embargo, de un ideario más vigente a través del paso de los años.
Artigas nació en la ciudad pero realizó toda su trayectoria vital en el campo. Pertenecía a una de las familias más acaudaladas de la época, pero vivió rodeado de los más desamparados y miserables del territorio. Fue un estadista en su época, aunque en su juventud fue un contrabandista de cueros y ganado. Muestra en sus acciones y en sus escritos una educación notable para su tiempo, pero se sintió especialmente cómodo entre los analfabetos charrúas e indígenas de otras etnias. Hoy es venerado como el gran héroe nacional, pero murió abandonado y en la miseria, luego de treinta años de exilio en el Paraguay. Fue un caudillo sin igual, al que el pueblo siguió ciegamente abandonando incluso todas sus pertenencias en el llamado “Éxodo del Pueblo Oriental”, aunque sus enemigos lo acusaban de las peores tropelías y las mayores maldades contra sus prisioneros.
Y como si todo esto fuera poco, lo idolatra como su Prócer el pueblo de una nación con la que él jamás ni siquiera soñó.
A los treinta y tres años dio un vuelco a su vida y abandonó sus actividades al borde de la ley, para pasarse al otro bando, al ampararse en una amnistía para quienes no tuvieran delitos de sangre, e ingresar como soldado  al cuerpo de Blandengues de Montevideo, una milicia recientemente autorizada por el Rey de España en el virreinato del Río de la Plata, para proteger las fronteras.
Quizás en esa experiencia, a través de los contactos con militares de experiencia, haya obtenido sus rudimentos de estrategia, que le llevarían a descollar en la Batalla de Las Piedras, victoria fundamental de las fuerzas patriotas contra el poder español.
El 15 de febrero de 1811, acercándose ya a los cincuenta años –edad bastante avanzada para la época– Artigas da un nuevo vuelco a su vida: desertó del Cuerpo de Blandengues en Colonia del Sacramento y se traslada a Buenos Aires para ofrecer sus servicios militares al gobierno revolucionario.
Comienza a forjarse la figura del caudillo militar y popular, que en la victoria de Las Piedras, inicia su paso a la leyenda con la insólita orden de “Clemencia para los vencidos; curad a los heridos”, en una época en que los derrotados eran pasados a degüello por el desprecio general por la vida y por el pragmatismo que indicaba que no se podían mantener prisioneros, cuando las vituallas no daban ni para el sostén de los propios ejércitos.

Las circunstancias adversas determinarían que pocos meses después de la histórica victoria en Las Piedras, en octubre de 1811, Artigas abandona el centro del teatro de movilizaciones bélicas e inicia el llamado Éxodo, en el que el pueblo oriental se fue rumbo al norte siguiendo al caudillo y sus tropas, para establecer un enorme campamento de más de seis mil personas en el Ayuí. 
Dos años más tarde, en abril de 1813, Artigas convocó a un Congreso en Tres Cruces, integrado con los delegados de los pueblos y villas de la Banda Oriental. En él, las ideas de Artigas se formulan con claridad. Allí se dictan las famosas Instrucciones del año XIII, uno de los documentos más formidables de nuestro Prócer, para indicar los pasos a seguir por los delegados orientales, pero a éstos ni siquiera se les permite participar en la Asamblea Constituyente que se desarrolló en Buenos Aires.
En 1814 José Artigas organizó la Unión de los Pueblos Libres, de la que fue declarado «Protector».  En mayo de 1815, Artigas instaló su Campamento de Purificación, unos cien kilómetros al norte de la ciudad de Paysandú, cerca de la desembocadura del arroyo Hervidero, que desagua en el río Uruguay, y a unos siete kilómetros de la llamada Meseta de Artigas.
El caudillo ratificó entonces el uso de la bandera creada por Manuel Belgrano, añadiéndole un festón diagonal punzó. Artigas la llamó «el Pabellón de la Libertad». Por la creación de este primer pabellón, se unen en el 19 de junio, el cumpleaños de Artigas y el Día de la Bandera Nacional.
El 29 de junio de 1815 se reunió en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, el «Congreso de los Pueblos Libres» llamado Congreso de Oriente. Este congreso sancionó el 10 de septiembre de 1815 un Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus Hacendados, ​ que fue la primera reforma agraria de América Latina. Por este Reglamento se expropiaban las tierras y las repartía entre los que la trabajaban «con la prevención que los más infelices sean los más privilegiados».
En agosto de 1816  tropas luso-brasileñas invadieron la Provincia Oriental, con la complicidad tácita de los unitarios que se habían fortalecido en Buenos Aires y del embajador porteño en Río de Janeiro. Con la intención de destruir al caudillo y su revolución, las tropas luso-brasileñas atacaron por tierra y mar. Debido a su superioridad numérica y material, las fuerzas luso-brasileñas al mando de Lecor vencieron a Artigas y sus lugartenientes y ocuparon Montevideo, el 20 de enero de 1817, aunque la lucha continuó por tres años en el medio rural, hasta que la batalla de Tacuarembó, de enero de 1820 significó la derrota definitiva de Artigas, que debió abandonar el territorio oriental, al que ya no volvería.

Prisionero tácito del dictador del Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, a mil kilómetros de Asunción, comenzó su largo exilio, junto a su fiel servidor Alsina. Veinte años después, tras una vida llena de penurias y miserias, el primer Presidente Constitucional del Paraguay, Carlos Antonio López, lo trajo a Asunción, donde pasó sus últimos diez años de vida, sin querer regresar a su tierra.
El 23 de setiembre de 1850 falleció en su humilde ranchito del Paraguay.

En cada aniversario, al recordar su figura, deberíamos estimularnos para profundizar en su vida, pero sobre todo, en su ideario, que es parte esencial de nuestra nacionalidad, de nuestra identidad como país, y que por su claridad y sabiduría, es motivo de permanente orgullo.

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