En el marco de la jornada de puertas abiertas con exposición y clases abiertas realizada por el Centro de Ayuda al Discapacitado (CADIS) Colonia Suiza, la institución volvió a poner en el centro de la escena no solo sus talleres y producciones, sino también una forma de entender la discapacidad desde la participación, el trabajo y el vínculo con la comunidad.
La actividad permitió a familias, vecinos y visitantes recorrer el centro, observar demostraciones en vivo de educación física, zumba, peluquería y talleres laborales y de cocina, además de apreciar una exposición de manualidades y producciones realizadas durante el año. Para la directora del CADIS, Karin Ernst, la jornada tuvo un sentido claro: “La idea es que la gente pueda ver lo que se hace acá todos los días, que conozca a los chicos, que vea cómo trabajan, cómo se vinculan y todo lo que son capaces de hacer”.
Karin Ernst recordó que el CADIS nació por iniciativa de un grupo de padres que buscaban un espacio para sus hijos una vez finalizada la escuela primaria, en especial para quienes concurrían a la Escuela Nº 133 de Rosario. “Los padres necesitaban un lugar donde los chicos pudieran seguir teniendo actividades, vínculos, una rutina. Al principio había algunos cursos dispersos, pero no un espacio propio”, explicó. En los primeros años, la institución funcionó en casas alquiladas, primero cerca de la actual Sociedad de Fomento y luego en distintos puntos de Nueva Helvecia, hasta que en 2006 se logró contar con la sede propia. “Ese año entré yo, en febrero, y en julio ya nos mudamos acá”, recordó Karin, quien el próximo 4 de febrero cumplirá 20 años de trabajo dentro del CADIS.
“Cuando empecé había siete alumnos; hoy tenemos 33. El crecimiento fue constante, no solo en cantidad de personas, sino también en propuestas y en infraestructura”, señaló. Ese crecimiento se reflejó en la construcción del galpón, en la ampliación de espacios y en la creación de la fábrica de galletas, siempre impulsados por necesidades concretas. “Cada beneficio que se conseguía nos permitía comprar algo: una olla, un quemador, herramientas. Todo se hizo muy de a poco”.
Uno de los cambios más profundos que impulsó Karin fue la reformulación de los talleres. “Cuando entré veía actividades muy infantilizadas. Música infantil, carpetas de niños. Y cuando les preguntaba qué les gustaba, me decían: ‘a mí me gusta la cumbia’, ‘a mí me gusta tal música’. Ahí entendí que había que escuchar más y respetar la edad y los intereses”, relató. A partir de ese diagnóstico, los talleres comenzaron a orientarse a lo laboral y ocupacional, buscando que cada persona pudiera sentirse útil y reconocida. “Empezamos a trabajar desde los talentos. Algunos ya habían hecho mimbre en la escuela, otros tenían habilidades manuales o gusto por la cocina. La idea era que pudieran desarrollar eso”, explicó.
Del taller a la comunidad: trabajo, autonomía y autoestima
El taller de galletas es un ejemplo claro de ese proceso. “Empezamos en una mesa, éramos seis o siete. Al principio tenía que sacar las sillas porque se sentaban y cortaban dos galletitas, no había hábitos de trabajo”, recordó entre risas. Hoy, la realidad es muy distinta: la fábrica de galletas funciona con dos turnos semanales, con varios grupos trabajando, produciendo y saliendo a la comunidad.
Para Karin, otro de los grandes desafíos fue romper el aislamiento. “Sentía que estábamos muy encerrados, que la gente no nos conocía y que tampoco se animaba a entrar”, explicó. De allí surgió la idea de salir a la comunidad con obras de teatro, visitas a escuelas y actividades compartidas. “Los niños veían que eran chicos como cualquier otro, que hacían cosas preciosas, que los hacían reír”. La apertura se profundizó cuando comenzaron las visitas escolares a la fábrica de galletas. “Los niños venían, cortaban su galletita, la decoraban y se la llevaban. Eso fue una apertura enorme”, afirmó.
También llegaron las ventas y repartos en comercios. “Los chicos sacan cuentas, dan el cambio, charlan. Son muy simpáticos, hacen el marketing solos”, dijo con orgullo. “Había gente que decía: ‘no entro porque me voy a poner triste’. Y después descubre que son personas como cualquiera de nosotros, con otros talentos. La discapacidad no es tristeza, es diversidad”, reflexionó.
Un cierre de año con desafíos, apoyos y proyectos
La jornada de puertas abiertas tuvo también un fuerte componente emocional. Las producciones navideñas, las artesanías, las tarjetas y adornos elaborados por los alumnos reflejan ese proceso. “Que puedan llevar algo hecho por ellos a su casa, regalarlo, decir ‘esto lo hice yo’, es fundamental para la autoestima”, sostuvo Karin. Durante la actividad, se mostraron trabajos realizados con material reciclado, talleres de porcelana fría, manualidades y producciones que incluso han tenido buena salida comercial. “Eso también habla de que pueden generar ingresos, sentirse útiles y aportar”, agregó.
En educación física, explicó que se trabaja especialmente con tres chicos con dificultades motrices, fortaleciendo musculatura de brazos y piernas para sostener la independencia. El taller de peluquería, por su parte, apunta al autocuidado, la higiene personal y la autoestima. “Salir lindos también hace bien, no es solo estética”.
El crecimiento del CADIS también plantea desafíos. “Estamos muy apretados, el espacio nos quedó chico”, reconoció. En ese sentido, valoró la donación de un contenedor por parte de la fábrica Los Nietitos, que permitirá reorganizar áreas y proyectar nuevos espacios, incluso un pequeño gimnasio. “La rutina y el espacio son fundamentales para ellos”, señaló. Además, este año la cocina del CADIS produjo 240 paquetes con 2.400 galletitas hechas por el equipo.
Karin también destacó gestos solidarios recientes, como la donación de pintura por parte del Colegio Mater Ter Admirabilis (MTA), que decidió compartir la mitad del premio obtenido en el concurso de carros de la Bierfest. “Fue un gesto muy generoso, con valores que hay que rescatar. Esa pintura nos va a permitir embellecer el centro y arrancar el año que viene mejor”.
Al cierre del año, la emoción también aparece. “Llega esta época y muchos chicos lloran porque no quieren terminar. Extrañan. Este es su lugar”, dijo Karin. El centro funciona con un equipo estable de once personas y varios talleristas, organizados en turnos reducidos, una modalidad que se mantuvo tras la pandemia por los buenos resultados obtenidos.
Antes de finalizar, la directora agradeció el acompañamiento permanente: “Al diario, que siempre está en lo bueno y en lo malo, y a toda la comunidad de Nueva Helvecia, porque siempre nos sentimos muy respaldados”.
La jornada de puertas abiertas fue, una vez más, una invitación a conocer el CADIS desde adentro: un espacio donde el trabajo cotidiano, la escucha y el respeto por los talentos construyen inclusión real y sentido de pertenencia.











