Nunca le pregunté a mis padres cuál fue mi primera palabra. No puedo decir cuáles fueron las de mis hijos. Sospecho, entonces, que mi pregunta hoy, además de imposible, sería infructuosa. Pero me gustaría saberlo. Descarto, por poco confiables, las respuestas adultas que oyeron con total claridad “mamá”, “abuelo”, “papá” o “tía Eulalia” en un balbuceo más parecido al gorjeo de un gorrión que a cualquier indicio de lenguaje humano articulado. Pero me gustaría saber cuál fue mi primera palabra.

Aprendemos a decir lo que hemos visto y oído. Nombrando las cosas y las personas que nos rodean nos vamos incorporando a ese mundo en el que, de entrada, sólo estamos porque nos trajeron sin permiso ni consentimiento. ¿Qué cosas poblaron nuestra niñez? ¿Qué personas vimos por primera vez? ¿Qué voces oímos? ¿Qué tonos registramos? ¿Con qué palabras aprendimos a referirnos a los demás? ¿Qué sonidos nos eran familiares? ¿Cómo fue ese tiempo en el que empezamos a mirar más allá de nosotros mismos? ¿Tuvimos quien nos regalara parte de su paciencia y le pusiera el hombro a nuestros por qué, o abrimos los ojos a un mundo en el que todo estaba respondido sin que nadie nos diera una respuesta? ¿Nos celebraron ese primer ejercicio filosófico, nos ignoraron por ignorantes, se burlaron de nosotros, nos dieron una cachetada por impertinentes?

Seguramente de esa experiencia se alimentó nuestra primera palabra, la que tuvimos para referirnos a otros. Y las que siguieron también. Por largo que sea el camino, siempre empieza con el primer paso.

“¿Sabés que infantia, en latín, significa el que no habla?”, me preguntó Magdalena García Trovero en la entrevista para ESTE de octubre. No es un detalle menor. Es la negación del derecho a la primera palabra, a la que pregunta, a la que quiere entender y no sólo aceptar que lo hecho, hecho está y que lo que nos toca es repetir la historia. ¿Cuáles pudieron ser las primeras palabras de esos adolescentes de los que me hablaba Jaime Saavedra en ESTE de noviembre, ésos que tuvieron ante sí “todas las plagas de Egipto desde que abrieron los ojos y sin perspectiva, sin salida”?

¿Dónde aprenden nuestros niños sus primeras palabras, los que no son “tuyos ni suyos ni míos”, como canta Jorge Drexler, sino “nuestros”? De nosotros, en primer lugar; de las redes sociales en las que los enredamos; de los influencers que los influyen más de la cuenta; de una sociedad adulta que, por momentos, parecemos receptores dóciles, permeables a discursos de odio, con oídos acostumbrados a adjetivos denigrantes, a expresiones de prepotencia, de violencia normalizada, de preguntas prohibidas y razones atornilladas.

“Trabajamos sobre soluciones y no sobre problemas”, decía el sociólogo Leonardo Mendiondo en ESTE de agosto. Hay muchas últimas palabras, pero casi ninguna primera. Es más sencillo gritar la solución —que siempre castigará a otro— que escuchar su palabra, porque seguramente nos hará parte del problema. Por ese camino, el fracaso viene teniendo total éxito.

Todo tiene su tiempo, dice el poema de Eclesiastés. Hay un “momento de callar” antes del “momento de hablar”. El orden de los factores altera el producto. Es el espacio vital de la escucha, donde se arman las primeras palabras.

Publicado en la edición de enero de 2026 en ESTE, periódico Valdense.

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