En una Nueva Helvecia donde los emblemáticos mostradores de mármol y las viejas barras de antaño se han ido apagando uno a uno, el Bar Ramón resiste estoico como el último gran testigo de una época que se niega a desaparecer. Desde sus años formativos marcados por la disciplina férrea como jefe de personal en aquel lujoso Centro Helvético de la época dorada, hasta la audacia de probar suerte sin un peso en el bolsillo en el vertiginoso Punta del Este de 1970, Ramón personifica la memoria viva de la ciudad. En esta charla íntima, el histórico cantinero repasa una trayectoria atravesada por el sacrificio familiar, las noches interminables detrás del mostrador y el valor inquebrantable de la amistad, abriendo las puertas de un lugar donde, entre parroquIanos, anécdotas y copas, el tiempo parece haberse detenido.
Seguro que en la memoria colectiva de cualquier neohelvético están presentes sus antiguos bares. De barra larga, mármol y atrás, apiladas en orden, decenas de botellas de alcohol. Se llenaban a la noche de hombres -ya que una mujer allí no estaba bien vista- para jugar al billar, a la conga, y tomarse alguna que otra “cuba libre” o whisky. Entre el mapa de bares destaca El Farolito, que durante años fue la parada más importante de ómnibus de Nueva Helvecia; o en los comienzos de la colonia el bar Meny, el bar Lamela, donde se compraba el mejor jamón y la última panceta salada; el bar del “Japo”; el de Bonjour sobre Avenida Gilomen, que cerró relativamente hace poco tiempo; el bar de los padres del “Popo”, sobre la Avenida Batlle y Ordóñez; la Góndola de la familia Boffil; y el Bar Ramón, que todavía resiste estoico los avatares del tiempo.
En conversación con HELVECIA, Ramón nos contó parte de su vida y de la vida del bar que lleva su mismo nombre. “Yo venía de trabajar en el Centro Helvético. Del tiempo cuando el Centro Helvético era de lujo”. Y cuando lo dice, no exagera. La Casa Greising, uno de los lugares más emblemáticos de entonces, trabajaba con más de 160 personas. En el Centro Helvético Ramón aprendió todo. O casi todo. Tenía 20 años cuando ya era jefe de personal. A su cargo estaban los mozos de bandeja, el mostrador, el comedor y la confitería. En total, 24 personas.
Abría a las seis de la mañana. Dormía tres horas, a veces cuatro. “Después que agarré de jefe, yo dormía lo que se podía. El cuerpo no importaba”, recuerda. El Centro Helvético abría temprano, la exigencia era permanente y el margen de error, mínimo.
Por ese entonces Ramón conoce a un cocinero de Trinidad, Flores, que terminaría siendo mucho más que un compañero de trabajo. “Nos hicimos muy amigos”, dice. Juntos se metieron en una aventura que parecía imposible: levantar un restaurante sin un peso, “Los dos amigos”. Recuerda que hacían viandas para los clientes y que la gente hacía cola para comer allí. Pero para arrancar “no tenía un peso”, repite. La garantía fue una persona y gracias a ese respaldo, arrancaron. El cocinero era un fenómeno: la cocina funcionaba con cinco fuegos al mismo tiempo.
A los seis meses, Ramón tenía dinero. Mucho. Y tomó una decisión que habla de su forma de ser: pagó toda la garantía. Pero todavía quedaban años por delante, exigencias del banco e inversiones obligatorias: heladeras, cocinas, equipamiento. Incluso fabricaron una cocinilla a gas que, en ese momento, fue una salvación.
Pero la vida no da tregua. Mientras el restaurante intentaba crecer, su familia se desmoronaba. Su madre se enfermó. Pasó un año internada en el Clínicas y otro en el Maciel. Ramón no estaba nunca. El negocio empezó a ir para atrás. Los sueldos seguían corriendo. Los problemas se acumulaban.
“Yo iba cada vez más para atrás”, admite. Entonces tomó una decisión límite: irse a Punta del Este. Dejar todo encargado y probar suerte. “No tenía con qué irme”, dice. En el bolsillo: 1.400 pesos. “¿Vos sabés lo que eran 1.400 pesos para todo un restaurante en ese tiempo?”, se pregunta hoy, todavía sorprendido.
Era 1970. Punta del Este era otra cosa. Faranduleros, empresarios, políticos, personajes pesados. Ramón trabajaba sin parar en la Parada 2 de la Brava en Chiverta, un parador muy de moda en ese tiempo. Sin embargo, antes de conseguir trabajo allí, durmió semanas en la playa. Hasta que un mediodía ocurrió algo que marcaría su vida.
Entró un hombre grande, corpulento. Pidió una mesa para cuatro. A los quince minutos llegó la señora. A los quince, la hija. Más tarde, el hijo. Todos en autos distintos. Ramón observó la escena. Algo no cerraba. “Hace rato que me querés preguntar algo y no te animás”, le dijo el hombre. Ramón no está seguro del nombre, pero sí del momento. El hombre se presentó con un abrazo: era presidente de una importante empresa automotriz de Buenos Aires. Desde ahí nació una relación inesperada.
Ese mismo día lo invitó a salir a las cuatro de la tarde. Ramón dudó. No quería compromisos, no quería deber favores. Pero aceptó. Durante cuatro horas recorrieron José Ignacio, Punta Ballena, Piriápolis. “Me mostró todo”, recuerda. Entraron incluso a un comercio de dos pisos donde, apenas lo vieron, regalaron una botella sin preguntar. “Tus amigos son mis amigos”, recuerda las palabras del dueño del comercio.
De esas vueltas nacieron propuestas impensadas: irse a Río de Janeiro, trabajar en otro restaurante, cerrar la temporada en Uruguay y cruzar a Brasil. Ramón consultó con su familia. La vida siguió, pero la anécdota quedó como una de las más fuertes de su historia.
Entonces regresó a Nueva Helvecia y abrió el Bar Ramón, que todavía atiende. En el Bar Ramón pasó parte de la historia de Nueva Helvecia. Desde un casamiento hasta la muerte de un amigo que le pidió que lo acompañara. Fueron tiempos tristes. Pero vuelve a recordar momentos increíbles. Una noche jugaban al monte. Entró un oficial y preguntó qué pasaba. Le dijo la verdad. Y el oficial terminó jugando con ellos.
El bar pasó por todas las épocas de entretenimiento: desde los flipper y el pool, hasta juegos de cartas y noches que terminaban con el día. Recuerda una noche en que ya estaba amaneciendo, pero los jóvenes querían seguir y decidió invitarlos a retirarse. Justo pasaba el camión que repartía leche. Los chicos compraron leche y se la tomaron afuera del bar.
Así como chicos de familia, también “había gente pesada. Capos. Y a veces había que decir que no. Y cuando se dice que no, es no”, afirma. Cuando la charla se termina y se pide una foto, Ramón sonríe. El tiempo pasó, pero la esencia sigue ahí. El Bar Ramón es parte viva de Nueva Helvecia. Y Ramón, con su memoria honesta y frontal, es el guardián de una historia que todavía se sigue escribiendo, todos los días, del otro lado de la barra.
Por Luciana Demaría
– Publicado en la edición papel de HELVECIA, del pasado 9 de enero.











