“Estamos viviendo en una sociedad en la que cada uno está convencido de que integra la tribu correcta”, escribía el doctor Daniel Radío en una columna de Montevideo Portal hace unos dos, tres, cuatro años.
“Por supuesto que esto se hace sin tener en cuenta que, del otro lado del espejo, están pensando lo mismo.”

Un cóctel de razones me hizo recordarla.
Andaba girando con algunas ideas sobre Pentecostés. Acababa de leer una entrevista al filósofo francés Eric Sadin (1) que estuvo otra vez en Montevideo a mediados de abril. Dijo entonces que aplicaciones de Inteligencia Artificial como el Chat GPT generarán “un pseudolenguaje industrializado” y con “olor a muerto.”
Aunque me lo hubiese propuesto no habría podido detener la asociación de semejante dicho con aquello de la Carta a los Hebreos: “la palabra de Dios es viva y eficaz”. Y a esta altura usted se estará preguntando qué tiene que ver el amor con el ojo del hacha. Me parece que tiene que ver.

El lenguaje al que refiere Sadin es el predeterminado de los aparatos tecnológicos. Dice y no escucha.

No necesita escuchar. Está convencido de su única verdad. Es el lenguaje de la tribu que se sabe correcta. Es el del WhatsApp que nos anticipa la palabra antes de que la escribamos. Si nos induce a error no nos pide perdón. Ni siquiera sabe que se equivocó. No le importa lo que queremos decir, sólo hace su cálculo de probabilidades.
En aquella primera celebración de Pentecostés de la comunidad cristiana sin Jesús presente, se produce un milagro que empieza por lo que el lenguaje “industrializado” no pude dar ni el del que se siente del bando único puede concebir.
Empieza por oír y asombrarse.
“¿No son éstos que están hablando todos galileos? ¿Cómo es entonces que los oímos en nuestra propia lengua? Estaban atónitos y perplejos”, dice Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. (2)

Vivimos en tiempos de banderas enarboladas en nombre de la tolerancia, la inclusión, el respeto mutuo, el buen trato… Se las ve en remeras, marcadores de libros, adhesivos en los termos. Parecería un gesto de obediencia a la orden del Deuteronomio de llevar los mandamientos atados a la mano, escritos frente a los ojos, en los postes de la casa y en las puertas de entrada, repetirlos en el camino, al acostarse, al levantarse. Sospecho que la valoración de la diversidad, la inclusión, la empatía, son muchas veces reclamos que hacemos a otros más que apuestas en las que comprometemos nuestra vida. Tiempos contradictorios los nuestros, contradictorios nosotros, de aparente apertura y de fuertes etiquetas.
El mensaje de Pentecostés es el llamado a oír la lengua que no nos es propia, buscar comprenderla, otorgarle el permiso de ser. Sólo entonces surge una palabra propia con vida, de la escucha y del asombro propio de quien crece en sabiduría porque reconoce que tiene todo por aprender.

(1) ESTE periódico valdense diciembre de 2022.
(2) Hechos de los Apóstoles 2: 7-8.

Publicado en la edición del mes de mayo de ESTE Periódico Valdense.

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