Era necesario. El correo de Iris que aparece en la contratapa, de esta edición me cambió la mirada -ver al final de la nota*-. Y más importante todavía, me demostró que la mía no es la única. Me lo dijo con tal delicadeza que no puedo menos que sonrojarme un poco.

Quién arranca la flor ¿quiere destruir la belleza o busca compartirla? Puede que sea la amorosa ilusión de atrapar lo inaprensible, de conservarlo egoístamente o de compartirlo porque de última sabe que no valemos por lo que tenemos sino por lo que somos capaces de dar. Vaya uno a saber.
La hortensia ni se lo cuestionó. Cayó el aguacero, vino el calorcito en este diciembre otoñal y ella no dio otra flor, ofreció cuatro. Quizás alguien se lleve alguna. Por lo menos esta vez tendré dudas antes de emitir un juicio, enrejar las flores o levantar paredones. Soy un poco más sabio porque sé que ignoro mucho más de lo que pensaba.

“¿Qué ves cuando me ves?” canta Divididos. “¿Me ves cuando me miras?” leo en un grafiti de personas en situación de calle.

No suscribo a Campoamor cuando dice que “… en el mundo traidor nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. En este mundo nuestro hay verdades y hay mentiras. No son intercambiables. Lo que aprendí con el correo de Iris es que a veces no están donde las puse y que hay miles de posibilidades que ignoro.

Aprendí que tengo apenas un pedacito de la verdad y que miento cuando la quiero volver absoluta. Detrás de un acto ajeno hay un montón de intenciones además de la que supongo.

A fin de noviembre íbamos por la ruta camino a Maldonado para el encuentro con la comunidad valdense. Oí la bocina, vi el auto que nos pasaba y una mano saliendo por la ventanilla. “Nos saluda”, me dijo mi acompañante. Era una po- sibilidad absolutamente verosímil.

¿Por qué di por hecho que un toque de bocina en la ruta sumado a un ademán de mano levantada se complementa naturalmente con una diatriba que no quedaría bien reproducir aquí? Lo di por hecho y como tantas veces, volví a equivocarme. Nos saludaba. Íbamos al mismo encuentro y tuvimos la oportunidad de reímos de nosotros mismos. De pronto nos pusimos serios y empezamos a preocuparnos.

Fuimos haciendo erróneamente nuestra la convicción de que el prójimo es enemigo hasta que demuestre lo contrario. Hemos permitido que “la apariencia delictiva” nos predetermine la mirada. Hemos absorbido la violencia y la hemos dejado habitar en
nosotros y volcarse sobre los demás. Hemos desvalorizado la confianza hasta considerarla ingenuidad o torpeza.

Y no pocas veces, hasta con cierto orgullo nos autocalificamos de realistas cuando redujimos la mirada a su expresión más mezquina. Confieso que lo he hecho.

Por eso celebro a veces quedar en ridículo, tener que admitir que he aprendido de quien tal vez pensé que no podía enseñarme.

Las hortensias siguen en flor, pasará el verano, habrá que podarlas, tendremos esquejes para plantar y para regalar. Volverán a florecer cuando sea su tiempo. Seguiremos conviviendo y habrá siempre quien nos enseñe a mirar más allá de lo que vemos. El correo de Iris me cambió la mirada. Era necesario.

Por Oscar Geymonat, publicado en la edición de enero de ESTE Periódico Valdense.

(*) Acabo de leer el artículo de las hortensias (ESTE diciembre 2024) y te comparto algo que nos pasó en estos días en el Chuy. Habíamos cantado con “Voces del arroyo”, el coro de Velázquez. Salimos del salón en el que nos habían ofrecido un refrigerio y cuando vamos rumbo al micro, un muchacho cuidachoches le entregó a una compañera un jazmín de esos blancos que florecen ahora. Ella le agradeció. Se sintió muy emocionada por esa actitud. Todas comenzamos a participar de su alegría. Entonces él sacó, no sabemos de qué jardín, una flor para cada una. El micro se llenó de un perfume intenso. Me acordé de tus hortensias. Tal vez quien te cortó las flores se las tenía que dar a una persona querida, pienso en una abuela porque soy abuela y me gusta que mis nietos me traigan flores. Entonces el destrozo no fue tanto, seguramente quiso compartir la belleza de tus hortensias con alguien.
Eso sí, el artículo me encantó.
Iris Gonnet
Alférez – Rocha

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