El pasado lunes 15 falleció Betty Galán, una vecina de Nueva Helvecia cuya obra forma parte, desde hace décadas, de la memoria visual y afectiva de la ciudad. Su nombre quizás no sea reconocido de inmediato por todos, pero alcanza con mencionar los bancos azulejados que aparecen en distintos puntos de la localidad para identificar una creación que se volvió parte del paisaje cotidiano.

Durante años, Betty transformó simples bancos de cemento realizados por su padre -en la antigua y conocida “Fábrica de caños” en Avda. Batlle y Ordoñez-, en verdaderas piezas de arte. Con sus manos, su paciencia y una sensibilidad especial para combinar colores y formas, fue creando mosaicos que no solo embellecieron espacios públicos y privados, sino que también quedaron asociados a momentos compartidos por generaciones de vecinos.

Cada banco tiene una historia. Muchos fueron colocados en jardines, patios, instituciones, plazas, clubes sociales, espacios de encuentro y lugares donde la comunidad desarrolla su vida diaria. Allí quedaron como testigos silenciosos de conversaciones, mates, reuniones familiares, juegos de niños y encuentros entre amigos. Sin buscar protagonismo, Betty logró que su trabajo trascendiera lo artesanal para convertirse en parte de la identidad de Nueva Helvecia.

La obra de Betty Galán representa uno de esos fenómenos donde la creatividad aparece vinculada a lo cotidiano. Como escribió el crítico de arte Pablo Thiago Rocca al estudiar su producción, existe en la condición humana una necesidad profunda de embellecer el entorno, de dejar una huella y de transformar los objetos que forman parte de la vida diaria en algo que pueda trascender a quien los crea.

En el caso de Betty, esa capacidad creadora surgió sin grandes pretensiones. Ella misma veía su trabajo con la sencillez de quien cumple una tarea, con compromiso y dedicación. Sin embargo, detrás de esa aparente simpleza se encontraba una enorme sensibilidad artística: la capacidad de combinar colores, formas y ritmos visuales para convertir un objeto utilitario en una pieza única.
Una creación nacida del oficio y transformada en arte
Su tarea comenzó a partir de una tradición familiar vinculada a la fabricación de bancos de cemento. Sobre esas estructuras, Betty encontró una forma de expresión propia: el uso del azulejo como material artístico. Fragmento a fragmento, fue componiendo diseños donde predominaban las formas geométricas, los juegos cromáticos y una cuidada armonía visual.

Pablo Thiago Rocca destacó que Betty realizó más de un millar de mosaicos de azulejos para bancos y mesas, todos diferentes en sus combinaciones y composiciones. Una producción enorme que se extendió durante años y que hoy permite comprender la dimensión de una obra construida con constancia, paciencia y una particular manera de entender la belleza.
Lo llamativo de su historia es que Betty nunca buscó ubicarse dentro del mundo del arte. No trabajó pensando en exposiciones ni reconocimientos. Sus bancos nacieron desde el hacer cotidiano, desde el vínculo con los clientes y desde una relación directa con el oficio. Esa ausencia de pretensión, lejos de restarle valor, forma parte de la singularidad de su legado.

Sus diseños, basados en figuras geométricas como triángulos, cuadrados, rombos y rectángulos, muestran una búsqueda de equilibrio y orden. Con azulejos lisos, de colores definidos, logró crear composiciones donde cada pieza tenía su lugar. La precisión del armado, la elección de los tonos y la combinación de formas construyeron un lenguaje propio.
El azulejo, material utilizado históricamente para unir arquitectura y expresión artística, encontró en las manos de Betty una nueva dimensión. Un elemento pensado originalmente para revestir y proteger superficies se convirtió en una herramienta para crear belleza. El cemento y los pequeños fragmentos de colores pasaron a formar parte de una obra que dialoga con casas, jardines, veredas y espacios públicos.
En ese sentido, la producción de Betty se relaciona con una larga tradición del mosaico, una técnica que a lo largo de la historia permitió transformar espacios comunes en lugares con identidad. Pero su obra tiene además una característica particular: no está separada de la comunidad, sino integrada a ella.

Bancos que se convirtieron en parte de la memoria colectiva
Como señaló Rocca, muchos de estos bancos ubicados en veredas, jardines y espacios públicos cumplen una función que va más allá de la estética. Son lugares de encuentro, de conversación y de intercambio. Son parte de esa vida social de los pueblos donde los espacios cotidianos generan vínculos entre las personas.
Quizás allí se encuentre uno de los mayores valores de la obra de Betty Galán: logró que el arte formara parte de la rutina. Que una persona pudiera sentarse en uno de sus bancos sin conocer a su autora, pero aun así recibir algo de esa dedicación, de esa búsqueda de armonía y de ese tiempo invertido en crear.
A lo largo de los años, sus bancos se multiplicaron y pasaron a formar parte del entorno urbano de Nueva Helvecia. Vecinos y visitantes aprendieron a reconocerlos, a detenerse en sus diseños y a descubrir que detrás de cada mosaico había una historia de trabajo, creatividad y amor por lo que se hacía.

En 2012, la artista y fotógrafa Cristina Casabó documentó este legado en el libro Bancos Azulejados, una publicación que permitió reunir y valorar una obra que durante mucho tiempo había permanecido vinculada únicamente a la vida cotidiana de la comunidad. El libro recuperó imágenes y testimonios sobre los bancos creados por Betty, destacando la singularidad de una producción artística nacida en una localidad del interior del país.
La publicación permitió dimensionar el alcance de una obra que, por sus características, se integra dentro de esas expresiones artísticas que nacen fuera de los grandes espacios de exposición y encuentran su lugar en la calle, en los hogares y en los espacios compartidos.

Los bancos azulejados de Betty no fueron creados para ser observados únicamente como objetos decorativos. Fueron pensados para ser utilizados, para acompañar momentos, para formar parte de la vida de las personas. Esa es una de las diferencias fundamentales de su legado: sus obras no están alejadas del público, sino que conviven con él.
Con el paso del tiempo, esos colores permanecieron resistiendo la intemperie y acompañando el crecimiento de la ciudad. La naturaleza, los años y el uso cotidiano no hicieron desaparecer su presencia; por el contrario, les otorgaron una nueva dimensión, integrándolos aún más al paisaje de Nueva Helvecia.

La obra de Betty Galán representa también una forma de patrimonio comunitario. No está encerrada en un museo ni limitada a una sala de exposición: vive en las calles, en los patios, en los jardines y en la memoria de quienes crecieron viendo esos bancos acompañar distintos momentos de la vida. Con su partida se va una vecina querida, una mujer que trabajó con discreción y que dejó una marca profunda en la comunidad. Permanece, sin embargo, una obra que seguirá acompañando a Nueva Helvecia. P.C.

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