Son las cinco de la tarde y vamos rumbo al Estadio Supicci de Colonia. En el auto suena La Renga para ir entrando en clima, aunque el cielo amenaza con aguar la fiesta. Sabemos que hay que estar: es un día histórico para el departamento.
En la ruta, la Policía Caminera marca presencia desde el kilómetro 148. A los costados del camino, aún permanecen los carteles de viejas campañas políticas, repetidos hasta el cansancio. Seguimos viaje. Otro móviles policiales nos reciben a la entrada de la ciudad.

Al llegar, estacionar fue casi un milagro. Apenas bajamos, aparecen los primeros “rengueros”: remeras negras con la estrella característica, vasos improvisados de Coca-Cola cortados y el inevitable fernet con cola. Un clásico.
Los inspectores de tránsito nos cuentan que ya hubo un detenido temprano en la mañana, “pasado de rosca”. El ambiente se siente eléctrico, pero todavía en calma. Hay mucho público argentino: una pareja que llegó desde Buenos Aires -él hincha de Racing, ella de Boca-, y entre la multitud se mezclan camisetas de Peñarol y Villa Mitre. Todos unidos por la misma pasión.

Entre los presentes está Tino, un marplatense que recorre el país vendiendo remeras de bandas. “Hasta acá me vine, porque La Renga es una de las que más mueve”, dice con orgullo. El aire se impregna de marihuana mientras pasa una combi con banderas de Bahía Blanca. El marketing oficial y el paralelo compiten a todo volumen: remeras, vasos conmemorativos, banderas y recuerdos improvisados.

Latas vacías de cerveza y fernet tapizan el camino hacia la acreditación. La sorpresa allí fue grande para el director de HELVECIA, quien se reencuentra con Silvina Natale, encargada de prensa que desde fines de los años 90 ya trabajaba con varias bandas del rock nacional y regional. Se conocen desde aquella época, cuando él hacía sus primeras armas en la revista Posdata, también el año en que La Renga tocaba por primera vez en Uruguay. Saludos, risas y el inevitable “¿en qué andás?” antes de ingresar al estadio; los apuro para poder entrar cuanto antes.

En la cancha se respira un ambiente familiar: hay un espacio especial para personas en silla de ruedas y hasta niños pequeños correteando entre la multitud. A las siete de la tarde, el pasto está intacto, pero nadie se sienta. Se está de pie, porque de pie se vive el rock. Bah… en realidad, porque llovió todo el día.

Mientras converso con Marcia, me dice: “Vinimos en familia, somos cinco, con los chicos que tienen entre seis y diez años. Para nosotros el amor es familia, es lo que nos unió hace veinte años con el papá. No podemos enseñarles otra cosa. Elegimos venir porque Colonia es preciosa y estamos felices de aportar un granito a un turismo distinto, que creemos muy productivo”. Enseguida me cruzo con Paola Dalto, DJ uruguaya que brilla cada año en la Marcha de la Diversidad. Considera que el toque de La Renga es un hito para Colonia y el inicio de una etapa donde los grandes espectáculos volverán a convocar miles. “¡Qué coraje!”, pienso.

Suena Pappo y una pareja de Florencio Varela baila con un estilo que contagia. Luego, la banda coloniense E.N.T.E. abre el show con temas propios y regala los palillos de la batería al público. El estadio se va colmando y yo, fan de Luis Miguel, empiezo a preguntarme: ¿sobreviviré al pogo? Será un buen desafío.

La noche cae, el frío aprieta, pero la energía crece. Miles corean “¡Vamos La Renga!” mientras ondean banderas, muchas argentinas y varias de Peñarol. Humo, cerveza y gargantas roncas: una liturgia que aún no entiendo del todo. Entonces hablo con Rubén, “el Oso”, de 35 años.
“Vine en viaje de matrimonio, de familia y con amigos. Hago de guía, obvio. Lo que me toca es traerlos a ver rock and roll. Porque acá no hay diferencias: somos hermanos. ¿Qué más se puede pedir?”, dice.
Salir vivo de acá adentro, pienso para mí.

Y ahí estoy yo, en medio de la multitud, esperando el momento. Prometí que cuando arranque La Renga me metería en el pogo. Y comienzan con “Buena ruta, hermano”. Yo, la que canta baladas románticas de Luis Miguel, ahora saltando entre una marea de cuerpos que se empujan, se sostienen y se celebran. El contraste no podría ser más brutal ni más fascinante. Pero me agoto, el humo me marea y un pisotón en el pie derecho define mi último minuto de pogo.
Salgo. Me abro camino entre la multitud. Los demás me dejan pasar; me miran con amabilidad, quizá pensando que estoy por desmayarme. Pero solo quiero aire.
Subo a las gradas, a lo más alto. El viento sopla fuerte. Me devuelve a la vida. Los bomberos me dan agua. Vuelvo a ser yo.

Allí me encuentro con Pablo, que ya salió del foso tras retratar con su Nikon al público y a los protagonistas del banquete: La Renga. Y vaya que valió la pena. Es que…no es solo mi redactor jefe, también es un gran fotógrafo (creo que por su altura). En fin, decidimos dar por terminada la jornada. Buscamos la salida.

En el camino hacia el auto contamos más de treinta ómnibus, una bandera con Evita Perón y otra con Messi. Por momentos, uno podría pensar que está del otro lado del río.
El desafío está cumplido: sobreviví al pogo. Ahora le toca a la Policía ordenar la salida de miles de personas, y a la Intendencia, limpiar los restos de la fiesta.

Miro hacia atrás y pienso: al final, sea un bolero o un pogo en un estadio, lo que nos mueve es lo mismo: la música.
Y ahí, somos todos hermanos.

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