LA SABIDURÍA DEL ABUELO: VACACIONES DE ESCOLARES
Mamá nos decía a mí y a mi hermana;
-“Oigan bien, cuando el ómnibus suba el repecho y pase lo de los Querejeta, se bajan ¿entendieron?”.
-“Si, si madre.”
-“Bueno ahora agarren los bolsos, el tío los esperara al borde de la carretera, km 256, ruta 2.”
La ansiedad empezaba a someternos. Al acomodarnos en los asientos del boquense Comp. Colonia principiaba el hormigueo de la inquietud y el deseo de ser parte de ese lugar campesino que nos esperaba apresuraba nuestras expectativas nacientes.
Transbordar en Rosario y subir al “traca – traca” ruidoso de la Olte, bus que tenía a Cardona como destino, avivaba nuestra sensación soñadora de una experiencia que se acercaba.
-“¡Dale Tita!”, le decía a mi hermana, “vamos, vamos decile al guarda nos bajamos en aquella entrada.”
-“Esperen, despacito, cuidado.” Nos indicaba el mandamás del viejo autobús.
Ahí estaba el hombre alto, adulto, campechano, aguantando las riendas del vehículo, birrodado de madera amarronado, tirado por un caballo, el charretín. Con una sonrisa de oreja a oreja, descendiendo del mismo, nos abrazaba, nos besaba y nos invitaba a subir al transporte que por unas algunas leguas, km, nos depositaría en los ranchos de los abuelos y tíos, lugar al que llegábamos proponiéndonos pasar varios días repletos de momentos felices.

EL VERDE NOS ARROPABA
La zona rural llamada “Piedra Chata”, seguramente denominación dada por las piedras achatadas pobladoras de los caminos vecinales, se sorprendía gratamente ante la llegada de dos pequeños seres desconocidos. De un lugar a otro, el mundo vegetal, animal, humano, como sacudido, despertaba alborotadamente ante la llegada de los mocosos de la ciudad.
El abuelo, pelo y barba nevada, bombachas pantalones rurales gastados, camisa de franela algo raída. Mate, caña y fogón.
Abriendo los brazos, el hombre y sus años, alpargatas bigotudas, se acercaba al frente del grupo familiar. Nos daban la bienvenida, sonrisas, algarabía, abrazos, ternura distribuida a borbotones. El ladrido perruno, las aves desconcertadas, los caballos en el palenque, algún tero volando, encuadraban la escena alegre del recibimiento.
La emoción iniciaba su ritmo corporal promoviendo un bienestar que nos colmaba. Nuestros ojos no alcanzaban desde sus orbitas a captar tanta imagen mezclada.
Sentimientos humanos y un espacio diferente, verde campo, soledad extendida, animales dispersos y ese calor hogareño formalizaban un clima rural en ebullición. Adobe y paja, pisos de tierra, molino, árboles en derredor, corrales, sótano con quesos en agua con sal, el sector de quesería, cocina grande, mesa estirada, bancos alargados, piezas dormitorios separados, ladrillo asentado con barro sin revocar y la gente, la lucha construyendo vida.

EL DISFRUTE NOS ACARICIA
Los días transcurrieron veloces y esplendidos, levantarse temprano;
-“Negro, Tita, la leche.”
-“¡Vamos tía!”
El gran tazón liquido recién ordeñado, pan casero del horno de barro, queso, dulce. Aprender viendo como se hace el queso, tacho grande, fuego por debajo, probar la cuajada.
-“¡Que gusto tío!” Ver prensar.
Cordero, en sus mil variantes al mediodía, el abuelo deja el mate, la sobremesa y la charla a la sombra de un frondoso ceibo. Sus raíces gruesas por sobre el suelo y el asiento aprovechado. El monólogo de sabiduría del anciano, mis oídos atentos, la mirada perdida entre el campo y sus ondulaciones y el camino polvoriento al frente.
Los perros en el suelo acalorados, aletargados, acompañan a las chicharras con sus hilarantes chillidos. –
“Si, Don Esteban.”
-“Hijo, la honestidad es el mayor valor personal que podemos ofrendar, en todas las circunstancias.”
-“¿Abuelo, siempre?”
-“Si, señor, en todos los casos que te toque enfrentar.”
-“Perdón, ¿abuela puedo bajar una granada del árbol? Nunca comí.” La doña ya encorvada, larga pollera, delantal ocupando todo su abdomen, pañuelo en la cabeza ocultando una selva de canas. -“Si hijo, pero pártala bien.” -“¡Gracias Doña Lorenza!”
-“Respeto, dignidad, buenos procedimientos, hijo.”
-“¡Gracias abuelo!”
Los tiradores del corto parecían al ajustarme decirme “aprendés gurí”.
-“Vamos Negro a buscar los terneros.”
Gracias abuelo, gracias por haberme enseñado a honrar la vida.
Hasta siempre.

Publicado en la edición papel de HELVECIA del viernes 7 de enero.

por José Ramos
jose_esteban_ramos_g@hotmail.com

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